Se entrenaban para estar muertos cada final del combate;
sonaba la campana, y ya estaban un poquito más cerca. Un asalto más, y los
guantes caían bajo sus fláccidas tripas, pesados como sus almas, o sus
arrepentimientos. Mirando a la luz de los focos todos los domingos al atardecer, aturdidos, atrapados en una
forma de sobrevivir como una muerte sobre otra muerte. Un asalto más, y
cambiaban la sangre en la boca por el licor de la botella, casi vacía, como sus
estómagos. Se entrenaban para estar muertos, y ya estaban muertos…
viernes, 27 de abril de 2012
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