lunes, 18 de febrero de 2013

Amadeo, Carmencita



Amadeo es un hombre de campo, campechano y entrado en años. Nunca ha salido de su pueblo, en el Norte de la meseta. Es un pueblo camino del abandono. En él ya solo viven doce viejos. Una furgoneta viene los jueves a traer pan, leche y carne. En su pueblo hay hielo en invierno y fuego en verano. En Noviembre, las calles se llenan de barro, y Amadeo siempre lleva puestas las botas de agua. Las casas abandonadas tienen los tejados hundidos y llenos de agujeros, por los cuales entran los pájaros a anidar en los desvanes vacíos. Los cristales de las ventanas están rotos y llenos de polvo. Desde el exterior, Amadeo recuerda a las familias que vivieron allí, hace años. Se fueron a la ciudad a seguir siendo pobres, pero entre más gente. Hay dos perros en el pueblo, flacos, que caminan olisqueando el suelo y metiendo la cabeza entre los restos de basura de los vecinos que quedan.
La casa de Amadeo está un poco apartada del pueblo. Por su ligero abandono, desde fuera  ya se presiente la soledad de las habitaciones, el frío y la humedad. Los hijos de Amadeo se establecieron lejos, y pocas visitas hacen a su padre. Su mujer murió hace dos años y dejó la casa vacía. Amadeo mira la tele en el salón, entre la oscuridad. La tele está tocada con un tapete que tejió su hija y sobre él, un jarroncito de cristal labrado. El sillón en el que se sienta Amadeo todas las noches es de escay marrón, con los reposabrazos gastados, por donde sale el relleno cada vez que Amadeo hurga con la punta de los dedos.
Cuando dan las nueve y media, Amadeo se levanta y va a la cocina. En la mesa, hay migas de pan y una botella de vino medio llena. Entra la corriente por la ventana, y Amadeo siente un escalofrío. Sobre la repisa, un tiesto de plástico vacío junto a la botella de jabón líquido, que tiene la boca llena de restos resecos. Hay una pila de platos sucios en la fregadera. Amadeo la observa y suspira. Se calienta un tazón de leche. Se echa Cola-cao y unos pedazos de pan duro. Cuando ha terminado, pone sus manos sobre el tazón humeante y siente como el calorcito reconforta sus riñones. Mira por la ventana los árboles desnudos, llenos de ramas, y la tierra embarrada. Las nubes amenazan descarga, una pequeña liebre marrón cruza atemorizada.
Dan la diez, y  Amadeo se acerca al cajón de la mesa de la cocina. Saca un cuaderno de espiral y un bolígrafo. Comienza a escribir, muy despacio y con cuidado: << Estimada Carmencita: Me alegró mucho recibir su carta hace tres días…>>. Amadeo mira por la ventana.
Pasados tres meses ya es Abril.  Amadeo se levanta las siete y media y sale a la puerta de su casa. El aire es fresco y huele ligeramente a estiércol. Amadeo respira profundamente. Ha descansado largamente, como un quinceañero, y mira hacia la llanura, que empieza a verdear. Un cielo de nubes blancas y luz, una luz llena de vida que se refleja en sus ojos, que brillan. Después de tomar su Cola-cao, se sienta en el poyete de la puerta. Silba una coplilla y se lía un cigarrillo. Todo es ligero y luminoso. Amadeo hace circulitos con el humo del cigarrillo. A las ocho arranca su ciclomotor. Es un viejo cacharro con protectores para el viento. Se sienta y pone los pies sobre los pedales a la vez que acelera. Recorre el camino que le lleva al pueblo tranquilamente, haciendo un ruido tenso con el motor. Cuando llega a la plaza y se baja del ciclomotor, se cruza con Julia, con quien comenta el precioso día que hace, y pregunta por esos problemas de salud. Un perro ladra cerca de ellos y parece que quiere entrar en la conversación. El aire corre agradable entre las casas del pueblo, y el barro empieza a secarse. El Sol se refleja en los cristales rotos de las ventanas, y deslumbra a Amadeo, que se pone las manos sobre los ojos para ver llegar al coche de línea. Éste se para en la plaza de la iglesia, entre las casas llenas de desconchones. Amadeo está en el centro de la plaza, observando la puerta del autobús, que se abre lentamente con un sonido silbante. El sol da en el techo del vehículo. Poco a poco, se ven unos zapatos de medio tacón bajar la escalera. Zapatos negros, sencillos, recién comprados. Unas piernas regordetas, con una falda verde por las rodillas. Un bolso gris de imitación colgado del antebrazo de la mujer de pelo negro y ondulado. Su cara es redonda, y sus ojos de latina, ya maduros, le miran sonrientes. Amadeo se acerca a la pequeña mujer. Ella le tiende la mano: << Ya ve, aquí estoy, por fin>>. Amadeo la coge ambas manos, inclina un poco la cabeza mientras la mira. Sonríe.

lunes, 4 de febrero de 2013

La cabaña de la montaña



Me llamo Julio Castejón, y soy un hombre de la montaña. Mi vieja casa se encuentra en un desfiladero angosto, por cuyo fondo corre el río Elba, cargado de truchas color plata. Vivo con mi hermana Mariana, ninguno de los dos nos hemos casado nunca. Todos los días, al amanecer, salgo a la puerta de mi casa y miro hacia el cielo. Entonces veo el recortado perfil de piedra desnuda del corazón de los Picos de Europa.
Las peñas de la montaña son traicioneras. Se desprenden en las noches silenciosas, con un ruido estremecedor. Cada cierto tiempo una muchacha, un hombre, un animal, cae peñas abajo y deja su alma en esta tierra dura. Yo soy un montañero hábil y fuerte. Mis piernas son largas y fibrosas, y mi cuerpo delgado me permite andar por los escarpados caminos con agilidad, a pesar de mis cincuenta y tantos años.
Cada año, al comienzo del invierno, justo cuando el Sol deja de asomarse al desfiladero y dejamos de ver su disco amarillo hasta la primavera. Cada año, digo, subo las dos vacas de mi propiedad al puerto de Osina. Allí tengo mi prado, del que recojo la fresca y jugosa hierba y la almaceno en una cabaña. Es más sencillo subir a las dos vacas hasta el puerto para que coman el pasto que bajarlo en atados hasta el pueblo. Paso en la cabaña unas dos semanas, en la única compañía de las dos vacas, oyendo el viento entre las peñas y el caer de las hojas muertas en los prados.
Los trabajos de la montaña son duros, y esto se refleja en mis manos, fuertes y callosas, y en mi mirada de hombre antiguo. La soledad que paso en el puerto me permite darle vueltas a las cosas. Me gusta observar cómo todo cambia a la vez que todo sigue igual, eternamente, en la Naturaleza. La gran espiral que es la vida, desde que empiezas como un niño sonrosado, hasta que terminas como un viejo encorvado, es un continuo pasar de la primavera al invierno, cada año. Ver caer la nieve, silenciosa, pesada, y después aparecer de nuevo el disco amarillo del Sol por entre las peñas del desfiladero, al principio sólo quince minutos, en los primeros días de la primavera.
Me gusta sentarme en un tronco caído, y dejar pasar el tiempo, despacio, cuando estoy aquí arriba, mientras en el pueblo, mi hermana Mariana cuida del  pequeño huerto y el resto de los animales. Hoy lloverá, siento la humedad en mis tobillos. He de entrar en la cabaña a preparar la comida. Allí hago un fuego y cocino una olla con patatas y chorizo. Comida caliente para el frío clima del Norte. Mientras cuece el puchero, miro por la ventana y veo que ha empezado a llover y a mojar el prado verde. Pronto las peñas brillarán como espejos, y la luz se hará densa, apagada, y la neblina se enredará entre las ramas de las encinas y  los olmos. La lluvia es triste, pienso, mientras la olla borbotea, pero le da a la montaña un brillo diferente.  Por eso esta es mi casa, digo en un susurro, apoyado en mi callao, al calor de la cabaña del puerto, removiendo la olla burbujeante con mi cucharón de pastor.

martes, 15 de enero de 2013

Sonríe, músico de jazz



El músico de jazz entra en un mundo diferente cada vez que toca su piano. Sus manos negras se calientan, se hinchan. Las yemas de los dedos pulsan su corazón y su cerebro, todo ese torrente de emociones y lógica que le hace entrecerrar los ojos y mirar cegado a sus compañeros de la banda. Cada noche, cuando está tocando, no hay nada más que notas inundando el bar, acariciando sus oídos, provocando ese placer táctil, casi sexual. Y ese murmullo que acompaña a cada solo, el gemido que se le escapa de la garganta, que corre detrás de cada cambio de ritmo, de cada acorde,  de cada punto culminante. Y esa línea que vislumbra en la selva de su cerebro, como el gráfico de un cardiograma, que va marcando las líneas quebradizas, las figuras, las subidas y bajadas de tonalidad, las ondulaciones de la melodía. Notas de jazz febriles, lascivas y sucias, como su camisa comprada en rebajas, y como la cama deshecha de su cuartucho de hotel en el centro de la ciudad.
Para el músico de jazz, todo en la vida es música, todo tiene un compás. El sonido de la cucharilla cuando remueve el azúcar en la taza de café, los coches que pasan bajo su ventana despertándole cada mañana, el ritmo de la calle en esta ciudad que le duele tanto. Porque el músico de jazz no tiene nada en esta ciudad. Nada más que sus notas, y sus ganas desesperadas de ser escuchado. Sus ganas de mostrar el fuego que le abrasa, y que le hace balancearse ante el piano como en un rito físico entre animales de la jungla. Y cada noche, no quiere que la música se termine. Porque cuando se termina, y el camarero barre las colillas y los escupitajos… cuando se ha refrescado y limpiado el sudor y vuelve a reconocer las caras alrededor suyo, el músico de jazz no es  sino otra víctima más de esta maloliente ciudad. Y se siente como salir al frío y al viento de la calle. No es nadie, y no tiene a nadie. Nadie le espera en el cuarto del  hotel, nadie a quien felicitar el año nuevo. Tan sólo el recuerdo de una chica hace ya tanto tiempo, que ahora estará casada y no se acordará de su nombre, o tal vez sí, pero pasaron tantos años. Y el músico de jazz da las buenas noches en el bar, y nadie le responde. Y sólo queda volver al hotel y meterse entre las sucias mantas de la cama con los dientes castañeteando. Y dormir cinco horas, levantarse, desayunar café en polvo y mirar el día oscuro por la ventana. Poner la radio y sintonizar una de las viejas canciones de cuando era niño. Y acordarse de su madre y estremecerse. Y leer viejas revistas, hasta que le entra hambre, y comer el pollo frío e insípido de hace días. Y vestirse despacio, como lo hacen las personas de cierta edad, y tararear una balada triste de trompeta. Y cuando ya es de noche, levantarse de la esquina de la cama donde estaba sentado, y volver al bar andando. Y dar las buenas noches sin que nadie le responda. Y pedir una copa para entrar en calor. Y sentarse ante el piano y acariciar las teclas, como a aquella chica que no recuerda su nombre, o tal vez sí. Y, por fin, sonreír un poco, y ser un poco feliz. Porque la vida le da la posibilidad de nublar su mirada cada noche. De que se le escape un gemido en cada solo, de que su mente surque el aire y sobrevuele la selva, el desierto, el polo…

martes, 8 de enero de 2013

Casas sin gente



-¡Vamos, tío, ahora que no se ve a nadie!
Saltamos la valla del jardín trasero. No nos costó mucho, éramos jóvenes y nos manteníamos en forma. Era una vieja casa vacía del Este de Londres, cerca de Angel Street. Una zona tranquila en un barrio con fama de peligroso. Por suerte, no nos vio nadie saltar, y atravesamos el jardín como dos gatos. Subimos la escalera que daba al primer piso y nos paramos ante la puerta trasera. La sangre en mi aorta  bombeaba con fuerza, y casi me impedía hablar. Una mezcla de emoción y miedo, de ganas de seguir adelante y de esconderme asustado hacía que mi cabeza diese vueltas. La puerta estaba cerrada, claro. Escudriñamos en la oscuridad la cerradura y las bisagras. Tenía una trampilla para los gatos. Jorge sonrió, estábamos de suerte. No se oía ningún ruido en los alrededores, así que sacamos los destornilladores. Trabajamos en silencio, y no encontramos ninguna dificultad. Extrajimos la plancha de chapa con cuidado, el corazón me golpeaba en el pecho. No sabíamos qué íbamos a encontrar dentro. El barrio en silencio, y el cielo lleno de nubes que cruzaban despacio, como observándonos. Asomé la cabeza por el hueco. La luz era poca, pero suficiente como para vislumbrar el interior. Un pasillo largo que venía de frente y que daba a la puerta delantera de la casa, por donde entra la gente normal. Hacia el lado derecho, el corredor daba la vuelta. Había una puerta abierta como a tres metros. Mi visión no llegaba bien hasta el fondo. Se veía una habitación. Todo estaba teñido de un gris plomizo.  En el suelo estaban tiradas todo tipo de cosas. Parecía basura; latas de comida, restos de fruta, papeles arrugados. El típico ventanal victoriano al fondo. Giré la cabeza para decirle a Jorge lo que se veía. << ¡Qué guay tío, venga, vamos!>>. Volví a mirar hacia dentro de la casa, cuando vi al hombre. Mi rostro se tensó.Traté de mirar a través la escasa luz. Al fondo, en la habitación había un hombre, o eso parecía. Me miraba en silencio, los ojos puestos en mí, no decía ni una palabra. Parecía que llevaba el pelo largo y descuidado, y una barba parda. Pestañeé varia veces, mientras una corriente eléctrica subió por mi columna y me erizó todo el pelo de la cabeza. La sombra estaba allí, no hacía nada, solo miraba en silencio.
-Jorge tío, que ahí hay alguien, o estoy alucinando.
-¡No me jodas, tío!
-Te lo juro, mira tú.
Jorge me miró un instante, parecía pensárselo. Metió la cabeza despacio. Todo estaba gris. El pasillo, el suelo de madera, la habitación al fondo, la basura…Nadie, allí no había nadie.
-¡Anda tío, que estás flipando! ¡Venga, vamos a entrar!
Nos escurrimos por el hueco de la trampilla. Dentro todo estaba en silencio. No se escuchaba ningún ruido, no olía  a nada, la casa estaba vacía. No había muebles, sólo los restos de basura en la habitación del fondo, que mirábamos sin entender muy bien. Subimos por la escalera despacio, y llegamos hasta el piso de arriba. Las habitaciones eran amplias, y estaban vacías, las puerta blancas, el suelo brillante, las ventanas sin cortinas, por donde se veía la calle solitaria. Nadie vivía allí. Jorge y yo nos miramos, ¡estábamos dentro! Lucía iba a ponerse tan contenta cuando viera la casa… Pondríamos nuestros colchones y  con unas estufas eléctricas pasaríamos el invierno. Estábamos llenos planes, de ilusión, nada podía salir mal, teníamos veinte años.
Mientras reíamos, sacamos nuestros sacos de dormir. Buenos sacos de montaña para las gélidas noches de Londres. Nos tumbamos en el suelo de madera, y nos dormimos felices, no sin antes haber soñado despiertos mirando al techo, imaginando el futuro.

Dos días después era domingo. Pasamos el fin de semana esperando acontecimientos. Son los momentos más delicados. Lucía ya estaba con nosotros, y pasábamos el tiempo canturreando, yendo a comprar leche y zumo de naranja.  Era un barrio agradable, y yo había olvidado al hombre de la barba en la habitación de la basura.
Cuando volví el lunes de trabajar en el restaurante de Picadilly Circus, Lucía me contó lo que había pasado por la mañana:
-Vinieron en una furgoneta, Carlos. Eran obreros. El jefe se puso hecho un basilisco. Dijo que nos fuéramos, que estaban reformando la casa, que les retrasaríamos. Ahora entiendo porqué las puertas estaban pintadas y el suelo pulido… Tenemos que irnos, Carlos, o nos meteremos en un lío.
Jorge asentía preocupado. Estábamos los tres sentados en el suelo, apoyados bajo una ventana. Nos pasamos el canuto de maría. Estuvimos en silencio un buen rato. Después, Lucía se levantó, y empezó a recoger su mochila. Dobló sus pantalones, las camisetas, y recogió un par de libros en inglés. Silbaba una canción de Patti Smith. Cuando empezó a bajar las escaleras, Jorge la siguió. Yo fui detrás de ellos. Cruzamos la puerta, el día típico de Londres. Miré al jardín de la casa de al lado. Un hombre de pelo largo y barba descuidada nos miraba fijamente, en silencio. <<Era un loco>>, pensé, y sonreí. Salimos a la calle, torcimos a la derecha. Nuestras pequeñas mochilas, la vieja guitarra, los libros en inglés.

jueves, 11 de octubre de 2012

Campo de juegos



Mi campo de juegos era un solar abandonado en la parte trasera de mi casa, en el barrio de Hortaleza. Vivía en una zona de grandes edificios de pequeños apartamentos, acumulados unos encima de otros como en un panal de abejas. Estaba en el límite de la ciudad, de modo que si mirabas al frente veías una extensión de terreno sin edificar, con algunos matojos de hierbas y al fondo, el barrio de Villa Rosa. Pasé mi infancia despertándome los sábados de primavera con los balidos de los últimos rebaños de ovejas que pasaban por la ciudad. Oía sus cencerros desde la cama y corría a la terraza para verlas pasar, lentas, parduzcas y perladas. A media mañana bajaba al solar y me situaba en el centro. Ante mí, las terrazas de los dos edificios en forma de “ele”, llenas de gente que nunca había visto, que no conocía. Excepto dos terrazas en particular. En ellas vivían mis compañeros de fútbol, de peleas, de carreras en bicicleta. David y Álvaro eran hermanos, y su madre se llamaba Aída. Siempre creí que era cantante de ópera, sería por sus grandes pechos y sus blusas estampadas. También estaban Javi, Carlos, y su hermana Susana, que vestía un jersey azul celeste y tenía el pelo largo, lacio y rubio. Fui al cumpleaños de Susana un año, y mojé las patatas fritas en coca-cola y comí tarta de chocolate. Susana, quién serás ahora…
En la parte de delante  de mi casa había otro descampado. Tenía forma de meseta, elevada unos diez metros. Allí vivían dos familias en unas casas bajas, creo que eran chatarreros. En la pequeña meseta había una morera. Yo tenía gusanos de seda y había que alimentarlos con hojas de la morera. Así que me subía al árbol,  a veces sólo, otras acompañado de David y recolectábamos el alimento para nuestros gusanos. No recuerdo nunca que éstos llegaran a la fase de crisálida, se morían en la caja de zapatos ante mi incredulidad. Pero lo olvidaba pronto.
Madrid estaba en crecimiento, y en mi barrio había muchas construcciones. A veces íbamos todos juntos  a explorar edificios en obras, entre palés de ladrillos, vigas, y ferralla oxidada. Enredábamos por los cimientos y  las paredes a medio levantar. Nos asomábamos a los huecos de las ventanas. Cada vez que siento la humedad de las paredes de una obra, el lugar de trabajo de un albañil, el olor del yeso, vuelvo a esos años de aventura y sorpresas constantes. A ese reino de Sol y viento, de césped recién cortado, donde corría, me caía y lloraba. Y luego volvía a correr con la rodilla ensangrentada. Eran los días de colegio, cuando mi padre nos despertaba a mi hermana y a mí a las ocho de la mañana, y yo le miraba soñoliento afeitarse ante al espejo de baño. La luz bañaba las habitaciones y en la radio sonaba la música de Tequila.
Nacieron mis hermanos, y la casa se quedó pequeña. Mi nuevo barrio, en el centro, estaba lleno de calles angostas, sombrías, y el olor de la contaminación me secaba la nariz. Nunca cerré del todo el capítulo de mi vida en aquel luminoso barrio en las afueras, que ya sólo vive en mi mente.  Hoy todos esos descampados son edificios de viviendas, de oficinas, aparcamientos, y ya llega el metro. Cuando paso por allí tengo sensación de que el aire ya no corre libremente, de que el cemento y el cristal han ganado a la imaginación y a la fantasía, y las caras me resultan indiferentes. Pero todavía, algunas mañanas de domingo me despierto en un  día soleado, y creo que vuelvo a estar allí, cerca de mi campo de juegos, al aire libre, bailando un rock and roll en la plaza del pueblo.