sábado, 26 de noviembre de 2011

Desgana

Como tantas veces había hecho de niño, dejó el plato de lentejas sobre la mesa, sin probarlo. Miraba a su mujer con ojos de cansancio, mientras ella le pedía que lo intentara una vez más. Sentía vergüenza ante su hijo de cinco años, que seguía los dibujos animados de un canal de televisión.  Estaba débil, pero el simple olor hacía que su estómago  se retorciera  en una náusea, y hacía temblar su piel recientemente enrojecida. No era mayor para situaciones de esta índole, pero sí era una batalla desconocida, y no pensaba dejarse vencer. Así que cogió la cuchara y se puso a comer.

Ceremonia


Muerto pero mío, pensó el cadáver ojeroso y sanguinolento de aquella mujer mientras certificaba su sentimiento en un beso de amor pos humano. Hoy era su día. El festín posterior osciló entre la respetuosa contención y el desenfreno de unos invitados que confundían con inocencia elaborados platos de magret de pato con hígado templado de camarero a tiempo parcial. Ella le miró desde su ojo colgante con esa mirada llena de ternura con la que se miran dos animales muertos, como pensando: “ahora sí, empieza la eternidad”. La mirada de amor de un muerto viviente el día de su boda.

Belleza de los parques


Salió precipitadamente del autobús y echó a correr. El terror le endurecía los músculos del cuello, que se puso rígido. Adquirió el máximo de velocidad que sus piernas pequeñas le permitían, mientras la gente que paseaba tranquilamente avenida abajo le abría paso con la mirada aterrorizada e incrédula. Los perros le perseguían… Entró a la velocidad del rayo en el parque sur de la ciudad, en una zona desconocida para él de una ciudad fría. Clavó sus zapatos usados y baratos sobre la arena mientras corría como un desesperado. La noche se adueñaba del parque, y él miró hacia atrás esperando que sus perseguidores ya no estuvieran allí. Pero los perros le seguían. Una jauría de veinticuatro perros silenciosos, ágiles y veloces… Sus miradas feroces recordaban a una manada hambrienta. No dejarían escapar a su presa, que empezaba a notar el cansancio y se debilitaba poco a poco.  Parecía que hubieran salido del infierno. Un infierno de odio, ira y sangre. Y mientras huía recordó la advertencias de sus amigos, que le decían que esta ciudad poseía ciertos peligros que era necesario evitar; ciertas zonas a determinadas horas, habitadas por jaurías de perros salvajes, cargados de hambre de venganza. Perros como los que ahora le perseguían ya de cerca, a solo unos pasos, inquebrantables en su acoso.  Mientras, la fuerza de sus piernas se le escapaba. Tropezó con una pequeña ondulación de la hierba oscura y dio un traspié terraplén abajo, hacia la hondonada que ocupaba la parte central del parque de esa ciudad lejana. Los perros más rápidos ya estaban justo detrás de él, y uno de ellos saltó dando un gruñido. Sintió una dentellada al aire justo detrás de su oreja, y un hedor gélido que le hizo estremecer. Estaba agotado y sin aliento, pero la desesperación y el  horror le ayudaron a levantarse. No había nadie cerca que le pudiera ayudar, y la caravana de coches del viernes noche se oía lejana en algún lugar. Se precipitó hacia una zona despejada de árboles, donde había unas mesas de madera que servían como merendero los domingos de verano. Pero en esa noche helada de otoño, no había nadie a quien pedir socorro. Solo como en su vida había estado, perseguido y con las rodillas ensangrentadas, no podía pararse a descansar. Los perros estaban encima de él, cortando el viento con sus  ladridos de odio.   El siniestro odio de esa ciudad grande  de edificios blancos . El odio a sus piernas pequeñas…
Los perros le rodearon.  Sacaron de sus chaquetas palos de madera  y puños americanos. Con una mueca de sonrisa helada y muerte, dijeron: “Te vamos a machacar, sudaca”.

El cielo del último verano


La voz del  cantante en la radio del coche le trasladó inmediatamente a aquel verano. Las notas de esa melodía alegre y melancólica  provocaron que su pensamiento abandonara inmediatamente el coche en el que estaba metido aquella  mañana gris de noviembre. Su cuerpo se ataba a la tierra, sentado frente a un semáforo en rojo, las gotas de lluvia golpeando el parabrisas, su hija de tres años aún dormida antes de entrar en la guardería. Sin embargo su mente se elevó por encima del capó del coche, de las nubes tormentosas que herían la mañana, y le trasladaron en un viaje hecho de recuerdos al último verano que pasó en la playa de San Felipe. Fue, si la memoria no le fallaba, a los diecisiete años, edad en la que pensaba que nada malo podía sucederle. Sus padres eran razonablemente jóvenes, tenía amigos que mentirían a sus madres por él,  y estaba ella. Tenerlo todo era tan fácil que ni siquiera sentía la arrogancia del que se siente especial. Sencillamente era un momento de optimismo, de  alegría, el momento en que nunca se da el paso equivocado, porque toda la tierra se despliega ante uno abierta de piernas.
Era bonito verla sonreír, salir del agua jugando con sus amigas, secarse el pelo con la toalla y enfurruñarse porque le tiraba  un puñadito de arena en la espalda cuando se tumbaba al sol, a fumarse el cigarrillo que a escondidas había robado a su madre. Entonces  la daba un beso y se reía, y tosía porque se había atragantado con el humo. Pasábamos el día al sol, soñando  que nos hacíamos mayores. Y por las noches quedábamos después de cenar en la plaza vieja para ir a la discoteca. Me ponía la camisa comprada en unos grandes almacenes del centro y los zapatos de las bodas y la esperaba hasta que llegaba vestida con unos vaqueros estrechos y una camiseta de tirantes, bajando la cuesta del árbol frutal, ligera, alegre y feliz. Bailábamos en pandilla, todos los chicos del pueblo y los que solo veníamos en verano.   Eran las viejas canciones de los años ochenta, que se hicieron grandes mientras nosotros crecíamos con ellas. Yo bailaba y bebía cerveza caliente, ella bailaba, bailaba y fumaba  cigarrillos a escondidas de su hermano mayor, que nunca se daba cuenta. Luego nos besábamos en una mesa apartada, recostados sobre unos sillones de escay. Su pecho se apretaba contra el mío, y yo la abrazaba más fuerte. No quería apartarla de mí. El día que hicimos el amor por primera vez no le dolió casi nada, pero yo estaba tan borracho que ni me di cuenta. Ella se enfadó y no me dirigió la palabra en una semana, pero luego me perdonó, y lo hicimos otra vez, y  otra. La luna de esas noches reinaba en el cielo negro como una estrella de cine, brillante, luminosa, tierna y llena de locuras.
Ahora la recuerdo vivamente, con un recuerdo doloroso. No supe de ella en tantos años que casi era como una cinta de casete de un grupo olvidado y pasado de moda. Pero su sonrisa estaba enterrada y anoche, cuando llamaron, inundó mi cuerpo incrédulo como las olas inmensas que hacían que nos revolcáramos en la arena. No supe hasta ese momento que aquel año fue el último verano.