Salió precipitadamente del autobús y echó a correr. El terror le endurecía los músculos del cuello, que se puso rígido. Adquirió el máximo de velocidad que sus piernas pequeñas le permitían, mientras la gente que paseaba tranquilamente avenida abajo le abría paso con la mirada aterrorizada e incrédula. Los perros le perseguían… Entró a la velocidad del rayo en el parque sur de la ciudad, en una zona desconocida para él de una ciudad fría. Clavó sus zapatos usados y baratos sobre la arena mientras corría como un desesperado. La noche se adueñaba del parque, y él miró hacia atrás esperando que sus perseguidores ya no estuvieran allí. Pero los perros le seguían. Una jauría de veinticuatro perros silenciosos, ágiles y veloces… Sus miradas feroces recordaban a una manada hambrienta. No dejarían escapar a su presa, que empezaba a notar el cansancio y se debilitaba poco a poco. Parecía que hubieran salido del infierno. Un infierno de odio, ira y sangre. Y mientras huía recordó la advertencias de sus amigos, que le decían que esta ciudad poseía ciertos peligros que era necesario evitar; ciertas zonas a determinadas horas, habitadas por jaurías de perros salvajes, cargados de hambre de venganza. Perros como los que ahora le perseguían ya de cerca, a solo unos pasos, inquebrantables en su acoso. Mientras, la fuerza de sus piernas se le escapaba. Tropezó con una pequeña ondulación de la hierba oscura y dio un traspié terraplén abajo, hacia la hondonada que ocupaba la parte central del parque de esa ciudad lejana. Los perros más rápidos ya estaban justo detrás de él, y uno de ellos saltó dando un gruñido. Sintió una dentellada al aire justo detrás de su oreja, y un hedor gélido que le hizo estremecer. Estaba agotado y sin aliento, pero la desesperación y el horror le ayudaron a levantarse. No había nadie cerca que le pudiera ayudar, y la caravana de coches del viernes noche se oía lejana en algún lugar. Se precipitó hacia una zona despejada de árboles, donde había unas mesas de madera que servían como merendero los domingos de verano. Pero en esa noche helada de otoño, no había nadie a quien pedir socorro. Solo como en su vida había estado, perseguido y con las rodillas ensangrentadas, no podía pararse a descansar. Los perros estaban encima de él, cortando el viento con sus ladridos de odio. El siniestro odio de esa ciudad grande de edificios blancos . El odio a sus piernas pequeñas…
Los perros le rodearon. Sacaron de sus chaquetas palos de madera y puños americanos. Con una mueca de sonrisa helada y muerte, dijeron: “Te vamos a machacar, sudaca”.
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