sábado, 26 de noviembre de 2011

Ceremonia


Muerto pero mío, pensó el cadáver ojeroso y sanguinolento de aquella mujer mientras certificaba su sentimiento en un beso de amor pos humano. Hoy era su día. El festín posterior osciló entre la respetuosa contención y el desenfreno de unos invitados que confundían con inocencia elaborados platos de magret de pato con hígado templado de camarero a tiempo parcial. Ella le miró desde su ojo colgante con esa mirada llena de ternura con la que se miran dos animales muertos, como pensando: “ahora sí, empieza la eternidad”. La mirada de amor de un muerto viviente el día de su boda.

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