La última alma humana no habrá conocido un solo día de paz en su vida. Sus hermanas, ya muertas, habrán peleado, asesinado, saqueado, mientras ella se lamentará como una espectadora incrédula de la decadencia de una especie ambigua, empeñada en el claroscuro. Será la última que mojará con sus lágrimas el último hilo de agua en el desierto que será este planeta. Sus manos acariciarán al último pájaro que cantará, amargamente, la victoria de la ambición. Su voz se apagará, antes de tiempo, debilitada por la enfermedad curable de la falta de amor, la voz que suplicó: “¡Paremos!”
jueves, 22 de diciembre de 2011
Abandonaron la Tierra
La última alma humana que quedaba en la Tierra se introdujo en la cápsula rumbo a otro planeta, decidida a trasplantar la especie. Una doctora en medicina, acompañada de cuatrocientos embriones humanos con la tecnología necesaria para desarrollarlos en un entorno amigable, y crear una comunidad ex terráquea. Sería la generación posterior al hundimiento, la que recibiría el encargo de continuar. Sus manos temblaban, y tarareaba una vieja canción con la boca seca. Miró por un lateral, deseando que comenzara el despegue, cuando vio aquellas figuras blancas y alargadas. Ya llegaban.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Una historia de amor
Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo, y no necesitaremos más mundo que el de nuestra sencilla habitación. Será el pequeño planeta en el que, solos ella y yo, derramaremos vino, nos miraremos a los ojos, haremos el amor... Mis manos acariciarán su cintura y no podremos evitar tener la piel de gallina. Después, ella susurrará, enseñando todos los dientes, y yo le preguntaré: “¿Qué tienes en la mirada, mi amor?” Entonces, mientras la beso como un adolescente por primera vez enamorado, apretaré un poco más las cuerdas alrededor de sus muñecas.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Petición
El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso, y sigue temblando arriba y abajo, con el apoyo de la punta del pie en el suelo alfombrado. Mis manos sudan, y el ramo de flores se deshace ante tanta agitación. Compruebo mi pajarita y me coloco las gafas una, dos, tres veces. Por fin, oigo el crujir de una falda en el gabinete. Aparece, harta de belleza, con los mechones de cabello rubio cayendo por su nuca. Su rostro refleja un estado de nerviosismo cercano al colapso. Me levanto de la silla para acercarme a ella, y entonces me desplomo.
La Silla
El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Se agita convulsamente, mientras unas sombras se mueven por la habitación. Uniformes con botones plateados que brillan en la semioscuridad, los gestos adecuados a las circunstancias y un silencio denso. Mantengo la esperanza. Un hombre con traje de funcionario me susurra al oído. Digo que no con la cabeza, él se encoje de hombros y vuelve a su sitio. Las agujas del reloj se acercan al momento, y mi cuello se endurece, tensando las correas ya ajustadas por manos profesionales. El oficial da el último aviso, acerca su mano al mecanismo, y se detiene bruscamente. El teléfono ha sonado.
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