La última alma humana no habrá conocido un solo día de paz en su vida. Sus hermanas, ya muertas, habrán peleado, asesinado, saqueado, mientras ella se lamentará como una espectadora incrédula de la decadencia de una especie ambigua, empeñada en el claroscuro. Será la última que mojará con sus lágrimas el último hilo de agua en el desierto que será este planeta. Sus manos acariciarán al último pájaro que cantará, amargamente, la victoria de la ambición. Su voz se apagará, antes de tiempo, debilitada por la enfermedad curable de la falta de amor, la voz que suplicó: “¡Paremos!”
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