jueves, 11 de octubre de 2012

Campo de juegos



Mi campo de juegos era un solar abandonado en la parte trasera de mi casa, en el barrio de Hortaleza. Vivía en una zona de grandes edificios de pequeños apartamentos, acumulados unos encima de otros como en un panal de abejas. Estaba en el límite de la ciudad, de modo que si mirabas al frente veías una extensión de terreno sin edificar, con algunos matojos de hierbas y al fondo, el barrio de Villa Rosa. Pasé mi infancia despertándome los sábados de primavera con los balidos de los últimos rebaños de ovejas que pasaban por la ciudad. Oía sus cencerros desde la cama y corría a la terraza para verlas pasar, lentas, parduzcas y perladas. A media mañana bajaba al solar y me situaba en el centro. Ante mí, las terrazas de los dos edificios en forma de “ele”, llenas de gente que nunca había visto, que no conocía. Excepto dos terrazas en particular. En ellas vivían mis compañeros de fútbol, de peleas, de carreras en bicicleta. David y Álvaro eran hermanos, y su madre se llamaba Aída. Siempre creí que era cantante de ópera, sería por sus grandes pechos y sus blusas estampadas. También estaban Javi, Carlos, y su hermana Susana, que vestía un jersey azul celeste y tenía el pelo largo, lacio y rubio. Fui al cumpleaños de Susana un año, y mojé las patatas fritas en coca-cola y comí tarta de chocolate. Susana, quién serás ahora…
En la parte de delante  de mi casa había otro descampado. Tenía forma de meseta, elevada unos diez metros. Allí vivían dos familias en unas casas bajas, creo que eran chatarreros. En la pequeña meseta había una morera. Yo tenía gusanos de seda y había que alimentarlos con hojas de la morera. Así que me subía al árbol,  a veces sólo, otras acompañado de David y recolectábamos el alimento para nuestros gusanos. No recuerdo nunca que éstos llegaran a la fase de crisálida, se morían en la caja de zapatos ante mi incredulidad. Pero lo olvidaba pronto.
Madrid estaba en crecimiento, y en mi barrio había muchas construcciones. A veces íbamos todos juntos  a explorar edificios en obras, entre palés de ladrillos, vigas, y ferralla oxidada. Enredábamos por los cimientos y  las paredes a medio levantar. Nos asomábamos a los huecos de las ventanas. Cada vez que siento la humedad de las paredes de una obra, el lugar de trabajo de un albañil, el olor del yeso, vuelvo a esos años de aventura y sorpresas constantes. A ese reino de Sol y viento, de césped recién cortado, donde corría, me caía y lloraba. Y luego volvía a correr con la rodilla ensangrentada. Eran los días de colegio, cuando mi padre nos despertaba a mi hermana y a mí a las ocho de la mañana, y yo le miraba soñoliento afeitarse ante al espejo de baño. La luz bañaba las habitaciones y en la radio sonaba la música de Tequila.
Nacieron mis hermanos, y la casa se quedó pequeña. Mi nuevo barrio, en el centro, estaba lleno de calles angostas, sombrías, y el olor de la contaminación me secaba la nariz. Nunca cerré del todo el capítulo de mi vida en aquel luminoso barrio en las afueras, que ya sólo vive en mi mente.  Hoy todos esos descampados son edificios de viviendas, de oficinas, aparcamientos, y ya llega el metro. Cuando paso por allí tengo sensación de que el aire ya no corre libremente, de que el cemento y el cristal han ganado a la imaginación y a la fantasía, y las caras me resultan indiferentes. Pero todavía, algunas mañanas de domingo me despierto en un  día soleado, y creo que vuelvo a estar allí, cerca de mi campo de juegos, al aire libre, bailando un rock and roll en la plaza del pueblo.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Carta a los queridos



Queridos amigos, a la presente
me encuentro bien y con ánimo.
Sabed que el próximo Octubre,
es mi aniversario.

Y desearía que me regalaseis:

“Un barredor de tristezas”,
un recaudador de abrazos.
un juez sin sentencias,
un destripador de contratos.

Un desconductor de miseria,
y un disculpador de torpezas,
un desmadrugador de mañanas
y un desatascador de estrellas.

Y un desminutador de aeropuertos.

Un acariciador de cuellos,
y un multiplicador de rubores.
Un desapresurador de cielos,
 Y un universalizador de canciones.

Y un amontonador de reencuentros.

Un decrecedor de datos,
un aplacador de porcentajes.
Un millonizador de versos,
y un aluvión de viajes.

 Y un aniquilador de lo superfluo.


Y yo,  a su vez, os ofreceré:

Un otoño como una primavera,
una cafetera caliente al amanecer de los malos ratos.
Un desfibrilador de sueños,
y el silencio a vuestro lado.

jueves, 19 de julio de 2012

Those raving nights


Era viernes por la noche. En el local, lleno de humo y gente variopinta nos encontrábamos Jorge, Marta y yo. Una banda africana tocaba su afrobeat musculoso. Hacía frío en la ciudad del norte, un viento que cortaba la carne, pero la cerveza templada nos calentaba por dentro, y nuestras risas sonaban entre los gritos de la gente, allá, en ése pub londinense.
¿Qué era lo que nos fascinaba de ésa ciudad? Al fín y al cabo era un sitio demasiado grande para nuestros corazones. Un sitio duro, de acero y asfalto. Pero con  unas venas llenas de sangre caliente en su interior, eso sí. Por eso estábamos allí, queríamos sentir su latido subterráneo. Música, conciertos, colores, sabores, y la vida fácil del Housing Benefit. Las ayudas pensadas para la gente necesitada, el sistema de bienestar universal ideado por el capitalismo con rostro humano. Y nosotros, chupando de la teta de la vaca de una ciudad rica. Rica, fría, y llena de soledad.
Chocamos nuestras pintas de lager y salimos a fumar un canuto de marihuana. En la calle, los coches pasaban con la música jamaicana saliendo a tope de las ventanillas. Negros altos y hoscos caminaban calle abajo. los fish n´chips regidos por corpulentos turcos servían sus aceitosas patatas con vinagre, comida inglesa. Una limusina blanca de diez metros paseaba lentamente toda la noche por el barrio. Nunca se sabía quién iba dentro, sus cristales eran oscuros. Marta miró pensativamente al centro de la plaza, y de repente, subiéndose el cuello de la chaqueta, gritó: “¡Vamos, a la fiesta. Ésta noche tenemos que ir de rave, chicos, hace semanas que no salimos! La idea nos puso en acción, ¿dónde era la rave ésa noche? Había que preguntar…Un magrebí que había por allí nos informó. Apuramos nuestro vasos, y fuimos a contratar un taxi. Llegamos al despacho, donde un tipo con aspecto de etíope negoció con nosotros: “¿A Brixton? ¡quince libras! Jorge se inclinó sobre el mostrador, una bombilla amarillenta colgaba del techo. “¡Diez libras!” El etíope nos miró, sopesando: “¡Doce! Sonreímos ampliamente…
Era un coche gris y destartalado. Un conductor árabe gesticuló al vernos: “¿Españoles? ¡Julio Iglesias!”. “Sí, sí, claro”, respondimos.  Atravesamos la ciudad alocadamente entre el tráfico nocturno, pasando por el centro, lleno de gente borracha y con ganas de juerga. Chicas de piernas largas, perfumes caros, y peleas de bravucones pasados de rosca. Cruzamos el río por Southwark Bridge y enfilamos para Brixton. Llegamos en un total de tres cuartos de hora. Nos dejó cerca de la estación de metro, donde un tipo negro evangelizaba a gritos subido a una caja de frutas: “¡El Señor viene, limpiad vuestros pecados!”. Varias decenas de personas le rodeaban, escuchando con caras atemorizadas.
Anduvimos hasta llegar a un viejo bingo abandonado. Se accedía a la rave por un callejón que daba a la calle principal. Un tipo alto y barrigón, con piercings por toda la cara y los cincuenta años en el bolsillo  cobraba las entradas tranquilamente, mientras se acariciaba la perilla grisácea, que le llegaba hasta el pecho en una trenza. Entramos en un decadente hall, decorado con columnas y capiteles, escaleras de mármol y moqueta roja. Sentadas en los escalones, chicas rubias de vuelta de todo daban sorbos a sus latas de cerveza. Dos punkies  de aspecto castigado nos miraban con una sonrisa irónica colgada de sus dientes ennegrecidos. En el salón central, una enorme pantalla disparaba imágenes al ritmo binario de la música electrónica. Imágenes de la ciudad post-industrial, metro, aglomeraciones, edificios de cristal, y fractales. La luz intermitente bañaba la zona de butacas. Grupos dispersos miraban despreocupadamente, cansados de todo, hartos de vivir en el ojo del huracán. Donde todo ocurría, por donde todo pasaba.
El pincha ocupaba su púlpito bajo la pantalla, rodeado de aparatos generadores de beats. Desde las bases a las líneas de bajo, esa música era una arquitectura sonora, un conjunto de estructura matemática, épica y líquida. Trance, le llamaban. Era el sonido del Apocalipsis.
Nos hicimos con unas latas de cerveza y dimos una vuelta por las salas y pasillos. Por todos lados había gente sentada en el suelo, fumando marihuana, charlando, mirando con los ojos brillantes y dulces como los de un carnero degollado. Muchos se quitaban la camiseta y enseñaban su torso tatuado, o su sujetador negro en el caso de ellas. Años noventa, noches de éxtasis.
Me descolgué del grupo de Jorge y Marta, que se habían sentado en la butacas, y me dirigí a lo que se suponía que era la pista de baile. Tres o cuatro personas bailaban separadas unas de otras, dando pequeños saltos, y moviendo rítmicamente los brazos, con unas sonrisas cálidas en sus caras. Comencé a moverme despacio, calentando mis piernas, dejando entrar el ritmo en mis  músculos y sintiendo los golpes acompasados en la boca del estómago. Bum, bum ,bum. Bailaba como en una marcha militar, primero un brazo, luego el otro, escuetamente. Bum, bum, bum. Pronto sentí el calor en mi cuerpo. Me ardían las manos, sudaba, y  miraba alrededor con los ojos medio cerrados, aislado del mundo, en un vínculo con la música poderoso y trascendente. Era la conexión del cuerpo con el ritmo, que despertaba en mí a la tribu universal. Ya no existía la Razón, no había más Europa. No intelecto, sólo estómago. Bum, bum, bum, y puse mi mano sobre el amplificador, en un cordón umbilical que me sumergía en el útero cálido e inmensamente  pacífico e inmensamente salvaje. El fin de Europa, el Apocalipsis estaba aquí.
Seguí así horas, bebiendo líquido, sudando, sintiendo mis manos calientes. A mi alrededor, una chica pequeña de pelo rizado y rubio me sonreía. “¿Qué tal?” le dije. “De miedo”, y se fue dando saltitos. Un tipo con una bandeja llena de gajos de naranja pasó a mi lado. Saboreé el jugo fresco y dulce de uno. Marta bailaba a mi izquierda, con su pelo castaño brillando y moviéndose al ritmo de la música con el pulgar en la boca, como si fuera un bebé. Pensé en descansar un poco, y me acerque a la zona de butacas. Jorge estaba sentado allí, iluminado por la pantalla, con la cara entre luces blancas. Me acerqué a él. Estaba mirando a lo lejos, y una lágrima redonda resbalaba por su cara. Éramos todos muy jóvenes.


Dieron las diez de la mañana. El sol se abría paso desde hacía horas entre las aberturas de las pesadas cortinas que cubrían las ventanas. Descansábamos de la larga noche sentados en la moqueta, fumando cigarrillos sin parar y hablando de nuestra amistad. En un momento dado, la música paró. Poco a poco empezamos a aplaudir y a silbar. Un gesto de agradecimiento al planeta que nos regalaba un día nuevo.  Nos pusimos en pie perezosamente. Jorge se plantó sus gafas negras y Marta se abrazó a mí. Como lobos felices que habían satisfecho sus instintos y se retiraban en paz, nos agarramos de los brazos, salimos a la calle, y corrimos hacia el autobús. Miré hacia atrás un segundo, justo lo necesario para ver a una hermosa  italiana de piel aceituna con el rímel corrido alrededor de sus bonitos ojos castaños.

jueves, 7 de junio de 2012

Tocaban en una banda de rock


Volvía a casa un viernes por la tarde, ya anocheciendo. Entré en el metro cansado, con mi libro en la mano, deseando llegar a casa. Cuando el tren llegó, encontré un asiento libre. Estaban sentados enfrente de mí. Jota, con una cazadora vaquera gastada, llevaba una lata de cerveza en la mano. Dé, con su nariz como una trompa de elefante escuchaba música por un auricular, y hablaba a gritos a su compañero:
-Entonces, qué decides, ¿Los Rolling o los Beatles?
 Debían tener diecisiete años.
-Joder Dé, tío, eso es como elegir entre Lupe la amiga de tu hermana y Carla la de segundo C. 
Se puso las manos frente al pecho con  cara de malicia.
-No tienes ni idea, lo que pasa es que no tienes personalidad. Los Beatles son para nenas, pero Mick Jagger es un máquina, míralo cómo se mueve en el escenario, si parece un gato salvaje…Y el Keith Richards, ese sí que es un pasado, chaval, sale a los conciertos con unos pedos que lo flipas. Sus satánicas majestades, sí señor.
Se concentró en la música del auricular que colgaba de su oreja izquierda.
-Janis Joplin, Get it while you can… Canturreó, y marcó el ritmo con las palmas de las manos sobre sus rodillas. Qué tía más fea, así cantaba…Dijo para sí.
-Tío.
 Jota le pasó la lata de cerveza.
-Qué.
-Tú, cuando cumplas los dieciocho, ¿vas a votar?
Dé le miró con su nariz-trompa, curioso. Se quedó un rato callado, pensando.
-Yo qué sé chaval, la política es una mierda. Tendríamos que hacer como los hippies en los sesenta, irnos todos al campo a comer flores y hacerlo todos con todos, sería una flipada. O si no, como en Rusia, ¿te acuerdas de lo que dice el profe de Historia? Es un gilipollas. El comunismo es un sueño, vale, pero qué pasa si nos ponemos todos de acuerdo. Los ricos lo quieren todo, no es justo…Mira, empieza Heroin, de Lou Reed.
Iba a pasarle el auricular a su amigo, pero se dio cuenta de que se había puesto serio de repente. Heroin…¿Cuánto tiempo hacía que su hermano mayor faltaba de casa?
-Perdona, tío.
-No pasa nada.
Bebieron de la lata de cerveza caliente. Pasaron varias estaciones. Se miraban las zapatillas gastadas, y echaban furtivas miradas al cristal de enfrente.
-Vale, ahora voy yo, ¿Led Zeppelin o Deep Purple?  Preguntó Jota. Se rascaba las patillas morenas y poco  pobladas.
-Vaa, tronco, qué fácil. ¿Tú has visto cómo canta el de  los Zeppelin, el Robert Plant? Es electricidad pura,     i rock and roll! Qué aullidos… ¿Y el batería? Se murió de una borrachera de vodka con naranja, el sobrao.
-Sí, pero tocaba como un batería de jazz, era el mejor. Jota estaba de acuerdo, así que los dos se rieron y cantaron a la vez:
-Wanna whole lotta love! You need cooling! Dé blandió el puño frente a su cara, y Jota hizo como si tocara una guitarra imaginaria. Baby I´m not fooling!
- Esta canción me recuerda a cuando salía con… ¿sabes? Miró al suelo por un momento. Su nariz sobresalía de la cara. Miró a su amigo, los ojos le brillaban.
-¿La has llamado otra vez? Tío, olvídala, en serio. Esa va a acabar mal, se junta con una gente, en fin, es muy rara. Estás mejor sólo. O con Sonia, la que te pasa los apuntes, es supermaja.
-Sí, pero no puedo quitármela de la cabeza, la echo de menos. He escrito una canción, se llama “Tus pantalones sobre la cama”. La ensayamos el jueves, ¿vale?
Jota miró al frente. No dijo nada.
Estábamos llegando a la estación de Tribunal. Se levantaron de sus asientos. Dé se miró en el reflejo del cristal oscuro, y Jota se ajustó la cazadora vaquera, usada y vieja. Ahora saldrían con hambre a por el viernes noche. Bailarían, beberían, reirían. La vida le esperaba y ellos correrían hacia ella. Tocaban en una banda de rock, y por eso les quería tanto.
Cuando salieron del vagón, alcancé a oír al de la nariz, otra más, los Doors o la Velvet. Se confundieron entre los grupos de jóvenes. Sonreí,  bajé la mirada hacia mi libro, y empecé a leer.

jueves, 31 de mayo de 2012


Los silbidos dentro del recinto de conciertos se repetían una y otra vez. Llegaban lejanos a la verja, donde un hombrecillo barrigón vigilaba la entrada. Empezaba a atardecer en las afueras de la ciudad dormitorio. El primer día de festival había congregado a miles de jóvenes, los mismos que ahora pedían a gritos la comparecencia de sus  ídolos.
El hombrecillo vestía un uniforme de vigilante de seguridad, empleo con el que se ganaba la vida modestamente desde hacía ya cinco años. Rozaba la cincuentena, y sus pasiones eran su hija de doce años y el equipo de fútbol de su pequeña ciudad.
-Vamos que…tener que estar un sábado por la noche de servicio. Mira que pedí que me lo dieran libre.
Mostró su fastidio y su desgana. Ese sábado jugaba su equipo, y la temporada se acercaba a su fin: había que consolidar la posición en segunda.
-Seguro que en el bar están todos, hasta el Tinín, que parece más del Unión que del Cooperativa, el muy cabronazo.
Probó a ponerse los auriculares del móvil y sintonizar una emisora deportiva. Al menos se enteraría de los goles que marcaban durante el partido.
-Oye, colega, ¿ha empezado ya?
A su lado apareció de pronto un chaval joven, un veinteañero. Su pelo caía sobre los hombros seco y desordenado. Se lo colocaba detrás de las orejas para evitar que se descolgara sobre la cara. Era delgado, un poco más alto que el vigilante, y calzaba una chanclas que dejaban ver unos dedos huesudos con unas uñas un poco largas, y un poco sucias.
-¿Que si ha empezado el qué, el partido?
Al vigilante barrigón no le gustaban estos guarros de pelos largos que le trataban con esa familiaridad tan molesta, como unos niñatos que no han trabajado en su vida.
-Va a empezar a las ocho.
-Mmm, esperaré. Tiene que llegar mi chica… Oye, ¿Sabes quién va primero?
El vigilante le miró, molesto y sorprendido. Quién va primero… ¿de qué va este imbécil?
-El Unión va el octavo, pero si ganamos hoy, nos colocamos por delante.
-¿Cómo? No, tío, no me entiendes. Digo que quién toca primero, en el concierto.
El muchacho se rascaba sobre la camiseta. La llevaba puesta desde hacía cinco días. Le sudaba la espalda a causa de la mochila, llena con botellas de ron y cocacola, y también un jersey que le había puesto su madre. Acababa de terminar el tercer año en la universidad, y había aprobado sin esforzarse demasiado. No iba mucho a clase, y soñaba, como cualquiera, con ser una estrella del rock. No se llevaba muy bien con los vigilantes de seguridad . Qué manera de desperdiciar la vida, pensaba siempre que se topaba con uno.
-No sé quién va primero. Pregunta a la organización del concierto. Y échate a un lado, aquí interrumpes el paso.
El vigilante resopló. Hacía calor. ¿Por qué tenía que estar un sábado por la noche en un concierto de peludos? Pensó  en el dinero, le vendría bien.
-Esta semana he hecho doce horas extras. Eso hacen… Mmm, bien, puede que le compre a Lucía una deportivas nuevas y la lleve a Aquapark este mes.
Tenía la costumbre de hablar para sus adentros. Hacía planes más o menos ficticios. Subir a primera, ir a Aquapark con Lucía, comprarse un coche de primera mano el año que viene…
-Joder, tío, se te sube la chapa a la cabeza, ¿no? Sólo estoy esperando a mi chica, qué más da dónde me ponga, aquí no hay nadie…
Sonó desdeñoso, así que se echó a un lado, evitando enfrentamientos. Por carácter era una persona pacífica y no le gustaba tratar con desprecio a la gente. Al fin y al cabo, qué manera de desperdiciar la vida. Menos mal que él sería otra cosa, le esperaba un futuro brillante, lleno de fiestas, amigos de verdad, un buen trabajo, y Silvia.
El vigilante miró al muchacho con sequedad.
-Pardillo, un par de meses currando en una estación de metro por las noches, y se te quitaba la tontería, murmuró.
El partido estaba empezando, así que se concentró en sus auriculares. Se mordía el labio inferior y secaba el sudor de sus manos en las perneras de sus pantalones marrones, con una cinta amarilla en las costuras. La tarde se dejaba llevar de la mano, avanzando hacia la noche, esa noche de final de temporada. La noche en que sus  héroes  ya pisaban el césped.
Por fin Silvia llegó, corriendo, sin aliento, cargada con bolsas de hielos, vasos de plástico y otras cosas de beber. Ofreció una disculpa rápida a su novio, y pasaron al recito alegres, excitados. El muchacho no miró al vigilante, que tampoco le dirigió la palabra. Se apresuraron  hacia la muchedumbre, que protestaba desde hacía rato, cada vez más ruidosamente, con más silbidos y palmas. Se introdujeron entre la gente empujando, apretando, pisando sin querer. Hasta que se encendieron los focos, y una luz blanca inundó el escenario, mientras un Sol anaranjado se escondía tras un bosquecillo, a la izquierda. Sonaron los primeros acordes de la guitarra y el ruido se hizo ensordecedor. El muchacho gritó y aplaudió. Sonreía. Sus héroes aparecieron sobre el escenario, majestuosos, en el mismo momento en que el vigilante levantaba los brazos. Su equipo había marcado un golazo.


miércoles, 16 de mayo de 2012


Y al otro lado de la ventana, nada de nada… Nada que se acercara  a la casa solitaria, entre bosques y montañas. Sólo el rumor del viento, que en un susurro me advertía de la soledad de mi encierro, de la vaga certeza de que todo era inútil, de lo insoslayable de mi destino. “Cede…, desiste…”. Recibía el mensaje con melancolía, apoyando la barbilla en mi mano, rascándome la descuidada barba que crecía  desde hacía días, recordándome el olvido de mí en que había caído. Estudiar una oposición a funcionario tal y como se estaban poniendo las cosas…  “Se te enfría la tortilla, hijo”, dijo mi madre, desde la cocina.