Y al otro lado de la ventana, nada de nada… Nada que se
acercara a la casa solitaria, entre
bosques y montañas. Sólo el rumor del viento, que en un susurro me advertía de
la soledad de mi encierro, de la vaga certeza de que todo era inútil, de lo insoslayable
de mi destino. “Cede…, desiste…”. Recibía el mensaje con melancolía, apoyando
la barbilla en mi mano, rascándome la descuidada barba que crecía desde hacía días, recordándome el olvido de
mí en que había caído. Estudiar una oposición a funcionario tal y como se
estaban poniendo las cosas… “Se te
enfría la tortilla, hijo”, dijo mi madre, desde la cocina.
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