jueves, 31 de mayo de 2012


Los silbidos dentro del recinto de conciertos se repetían una y otra vez. Llegaban lejanos a la verja, donde un hombrecillo barrigón vigilaba la entrada. Empezaba a atardecer en las afueras de la ciudad dormitorio. El primer día de festival había congregado a miles de jóvenes, los mismos que ahora pedían a gritos la comparecencia de sus  ídolos.
El hombrecillo vestía un uniforme de vigilante de seguridad, empleo con el que se ganaba la vida modestamente desde hacía ya cinco años. Rozaba la cincuentena, y sus pasiones eran su hija de doce años y el equipo de fútbol de su pequeña ciudad.
-Vamos que…tener que estar un sábado por la noche de servicio. Mira que pedí que me lo dieran libre.
Mostró su fastidio y su desgana. Ese sábado jugaba su equipo, y la temporada se acercaba a su fin: había que consolidar la posición en segunda.
-Seguro que en el bar están todos, hasta el Tinín, que parece más del Unión que del Cooperativa, el muy cabronazo.
Probó a ponerse los auriculares del móvil y sintonizar una emisora deportiva. Al menos se enteraría de los goles que marcaban durante el partido.
-Oye, colega, ¿ha empezado ya?
A su lado apareció de pronto un chaval joven, un veinteañero. Su pelo caía sobre los hombros seco y desordenado. Se lo colocaba detrás de las orejas para evitar que se descolgara sobre la cara. Era delgado, un poco más alto que el vigilante, y calzaba una chanclas que dejaban ver unos dedos huesudos con unas uñas un poco largas, y un poco sucias.
-¿Que si ha empezado el qué, el partido?
Al vigilante barrigón no le gustaban estos guarros de pelos largos que le trataban con esa familiaridad tan molesta, como unos niñatos que no han trabajado en su vida.
-Va a empezar a las ocho.
-Mmm, esperaré. Tiene que llegar mi chica… Oye, ¿Sabes quién va primero?
El vigilante le miró, molesto y sorprendido. Quién va primero… ¿de qué va este imbécil?
-El Unión va el octavo, pero si ganamos hoy, nos colocamos por delante.
-¿Cómo? No, tío, no me entiendes. Digo que quién toca primero, en el concierto.
El muchacho se rascaba sobre la camiseta. La llevaba puesta desde hacía cinco días. Le sudaba la espalda a causa de la mochila, llena con botellas de ron y cocacola, y también un jersey que le había puesto su madre. Acababa de terminar el tercer año en la universidad, y había aprobado sin esforzarse demasiado. No iba mucho a clase, y soñaba, como cualquiera, con ser una estrella del rock. No se llevaba muy bien con los vigilantes de seguridad . Qué manera de desperdiciar la vida, pensaba siempre que se topaba con uno.
-No sé quién va primero. Pregunta a la organización del concierto. Y échate a un lado, aquí interrumpes el paso.
El vigilante resopló. Hacía calor. ¿Por qué tenía que estar un sábado por la noche en un concierto de peludos? Pensó  en el dinero, le vendría bien.
-Esta semana he hecho doce horas extras. Eso hacen… Mmm, bien, puede que le compre a Lucía una deportivas nuevas y la lleve a Aquapark este mes.
Tenía la costumbre de hablar para sus adentros. Hacía planes más o menos ficticios. Subir a primera, ir a Aquapark con Lucía, comprarse un coche de primera mano el año que viene…
-Joder, tío, se te sube la chapa a la cabeza, ¿no? Sólo estoy esperando a mi chica, qué más da dónde me ponga, aquí no hay nadie…
Sonó desdeñoso, así que se echó a un lado, evitando enfrentamientos. Por carácter era una persona pacífica y no le gustaba tratar con desprecio a la gente. Al fin y al cabo, qué manera de desperdiciar la vida. Menos mal que él sería otra cosa, le esperaba un futuro brillante, lleno de fiestas, amigos de verdad, un buen trabajo, y Silvia.
El vigilante miró al muchacho con sequedad.
-Pardillo, un par de meses currando en una estación de metro por las noches, y se te quitaba la tontería, murmuró.
El partido estaba empezando, así que se concentró en sus auriculares. Se mordía el labio inferior y secaba el sudor de sus manos en las perneras de sus pantalones marrones, con una cinta amarilla en las costuras. La tarde se dejaba llevar de la mano, avanzando hacia la noche, esa noche de final de temporada. La noche en que sus  héroes  ya pisaban el césped.
Por fin Silvia llegó, corriendo, sin aliento, cargada con bolsas de hielos, vasos de plástico y otras cosas de beber. Ofreció una disculpa rápida a su novio, y pasaron al recito alegres, excitados. El muchacho no miró al vigilante, que tampoco le dirigió la palabra. Se apresuraron  hacia la muchedumbre, que protestaba desde hacía rato, cada vez más ruidosamente, con más silbidos y palmas. Se introdujeron entre la gente empujando, apretando, pisando sin querer. Hasta que se encendieron los focos, y una luz blanca inundó el escenario, mientras un Sol anaranjado se escondía tras un bosquecillo, a la izquierda. Sonaron los primeros acordes de la guitarra y el ruido se hizo ensordecedor. El muchacho gritó y aplaudió. Sonreía. Sus héroes aparecieron sobre el escenario, majestuosos, en el mismo momento en que el vigilante levantaba los brazos. Su equipo había marcado un golazo.


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