Los silbidos dentro del recinto de conciertos se repetían
una y otra vez. Llegaban lejanos a la verja, donde un hombrecillo barrigón
vigilaba la entrada. Empezaba a atardecer en las afueras de la ciudad
dormitorio. El primer día de festival había congregado a miles de jóvenes, los
mismos que ahora pedían a gritos la comparecencia de sus ídolos.
El hombrecillo vestía un uniforme de vigilante de seguridad,
empleo con el que se ganaba la vida modestamente desde hacía ya cinco años.
Rozaba la cincuentena, y sus pasiones eran su hija de doce años y el equipo de
fútbol de su pequeña ciudad.
-Vamos que…tener que estar un sábado por la noche de
servicio. Mira que pedí que me lo dieran libre.
Mostró su fastidio y su desgana. Ese sábado jugaba su
equipo, y la temporada se acercaba a su fin: había que consolidar la posición
en segunda.
-Seguro que en el bar están todos, hasta el Tinín, que
parece más del Unión que del Cooperativa, el muy cabronazo.
Probó a ponerse los auriculares del móvil y sintonizar una
emisora deportiva. Al menos se enteraría de los goles que marcaban durante el
partido.
-Oye, colega, ¿ha empezado ya?
A su lado apareció de pronto un chaval joven, un veinteañero.
Su pelo caía sobre los hombros seco y desordenado. Se lo colocaba detrás de las
orejas para evitar que se descolgara sobre la cara. Era delgado, un poco más
alto que el vigilante, y calzaba una chanclas que dejaban ver unos dedos
huesudos con unas uñas un poco largas, y un poco sucias.
-¿Que si ha empezado el qué, el partido?
Al vigilante barrigón no le gustaban estos guarros de pelos
largos que le trataban con esa familiaridad tan molesta, como unos niñatos que
no han trabajado en su vida.
-Va a empezar a las ocho.
-Mmm, esperaré. Tiene que llegar mi chica… Oye, ¿Sabes quién
va primero?
El vigilante le miró, molesto y sorprendido. Quién va
primero… ¿de qué va este imbécil?
-El Unión va el octavo, pero si ganamos hoy, nos colocamos
por delante.
-¿Cómo? No, tío, no me entiendes. Digo que quién toca
primero, en el concierto.
El muchacho se rascaba sobre la camiseta. La llevaba puesta
desde hacía cinco días. Le sudaba la espalda a causa de la mochila, llena con
botellas de ron y cocacola, y también un jersey que le había puesto su madre.
Acababa de terminar el tercer año en la universidad, y había aprobado sin
esforzarse demasiado. No iba mucho a clase, y soñaba, como cualquiera, con ser
una estrella del rock. No se llevaba muy bien
con los vigilantes de seguridad . Qué manera de desperdiciar la vida, pensaba
siempre que se topaba con uno.
-No sé quién va primero. Pregunta a la organización del
concierto. Y échate a un lado, aquí interrumpes el paso.
El vigilante resopló. Hacía calor. ¿Por qué tenía que estar
un sábado por la noche en un concierto de peludos? Pensó en el dinero, le vendría bien.
-Esta semana he hecho doce horas extras. Eso hacen… Mmm,
bien, puede que le compre a Lucía una deportivas nuevas y la lleve a Aquapark
este mes.
Tenía la costumbre de hablar para sus adentros. Hacía planes
más o menos ficticios. Subir a primera, ir a Aquapark con Lucía, comprarse un
coche de primera mano el año que viene…
-Joder, tío, se te sube la chapa a la cabeza, ¿no? Sólo
estoy esperando a mi chica, qué más da dónde me ponga, aquí no hay nadie…
Sonó desdeñoso, así que se echó a un lado, evitando
enfrentamientos. Por carácter era una persona pacífica y no le gustaba tratar
con desprecio a la gente. Al fin y al cabo, qué manera de desperdiciar la vida.
Menos mal que él sería otra cosa, le esperaba un futuro brillante, lleno de
fiestas, amigos de verdad, un buen trabajo, y Silvia.
El vigilante miró al muchacho con sequedad.
-Pardillo, un par de meses currando en una estación de metro
por las noches, y se te quitaba la tontería, murmuró.
El partido estaba empezando, así que se concentró en sus
auriculares. Se mordía el labio inferior y secaba el sudor de sus manos en las
perneras de sus pantalones marrones, con una cinta amarilla en las costuras. La
tarde se dejaba llevar de la mano, avanzando hacia la noche, esa noche de final
de temporada. La noche en que sus héroes
ya pisaban el césped.
Por fin Silvia llegó, corriendo, sin aliento, cargada con
bolsas de hielos, vasos de plástico y otras cosas de beber. Ofreció una
disculpa rápida a su novio, y pasaron al recito alegres, excitados. El muchacho
no miró al vigilante, que tampoco le dirigió la palabra. Se apresuraron hacia la muchedumbre, que protestaba desde
hacía rato, cada vez más ruidosamente, con más silbidos y palmas. Se
introdujeron entre la gente empujando, apretando, pisando sin querer. Hasta que
se encendieron los focos, y una luz blanca inundó el escenario, mientras un Sol
anaranjado se escondía tras un bosquecillo, a la izquierda. Sonaron los
primeros acordes de la guitarra y el ruido se hizo ensordecedor. El muchacho
gritó y aplaudió. Sonreía. Sus héroes aparecieron sobre el escenario,
majestuosos, en el mismo momento en que el vigilante levantaba los brazos. Su
equipo había marcado un golazo.
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