Era viernes por la noche. En el local, lleno de humo y gente
variopinta nos encontrábamos Jorge, Marta y yo. Una banda africana tocaba su afrobeat musculoso. Hacía frío en la
ciudad del norte, un viento que cortaba la carne, pero la cerveza templada nos
calentaba por dentro, y nuestras risas sonaban entre los gritos de la gente, allá,
en ése pub londinense.
¿Qué era lo que nos fascinaba de ésa ciudad? Al fín y al
cabo era un sitio demasiado grande para nuestros corazones. Un sitio duro, de
acero y asfalto. Pero con unas venas
llenas de sangre caliente en su interior, eso sí. Por eso estábamos allí, queríamos sentir su latido subterráneo.
Música, conciertos, colores, sabores, y la vida fácil del Housing Benefit. Las ayudas pensadas para la gente necesitada, el
sistema de bienestar universal ideado por el capitalismo con rostro humano. Y
nosotros, chupando de la teta de la vaca de una ciudad rica. Rica, fría, y
llena de soledad.
Chocamos nuestras pintas de lager y salimos a fumar un canuto de marihuana. En la calle, los
coches pasaban con la música jamaicana saliendo a tope de las ventanillas.
Negros altos y hoscos caminaban calle abajo. los fish n´chips regidos por corpulentos turcos servían sus aceitosas
patatas con vinagre, comida inglesa. Una limusina blanca de diez metros paseaba
lentamente toda la noche por el barrio. Nunca se sabía quién iba dentro, sus
cristales eran oscuros. Marta miró pensativamente al centro de la plaza, y de
repente, subiéndose el cuello de la chaqueta, gritó: “¡Vamos, a la fiesta. Ésta
noche tenemos que ir de rave, chicos,
hace semanas que no salimos! La idea nos puso en acción, ¿dónde era la rave ésa noche? Había que preguntar…Un
magrebí que había por allí nos informó. Apuramos nuestro vasos, y fuimos a
contratar un taxi. Llegamos al despacho, donde un tipo con aspecto de etíope
negoció con nosotros: “¿A Brixton? ¡quince libras! Jorge se inclinó sobre el
mostrador, una bombilla amarillenta colgaba del techo. “¡Diez libras!” El
etíope nos miró, sopesando: “¡Doce! Sonreímos ampliamente…
Era un coche gris y destartalado. Un conductor árabe
gesticuló al vernos: “¿Españoles? ¡Julio Iglesias!”. “Sí, sí, claro”,
respondimos. Atravesamos la ciudad
alocadamente entre el tráfico nocturno, pasando por el centro, lleno de gente
borracha y con ganas de juerga. Chicas de piernas largas, perfumes caros, y
peleas de bravucones pasados de rosca. Cruzamos el río por Southwark Bridge y
enfilamos para Brixton. Llegamos en un total de tres cuartos de hora. Nos dejó
cerca de la estación de metro, donde un tipo negro evangelizaba a gritos subido
a una caja de frutas: “¡El Señor viene, limpiad vuestros pecados!”. Varias
decenas de personas le rodeaban, escuchando con caras atemorizadas.
Anduvimos hasta llegar a un viejo bingo abandonado. Se
accedía a la rave por un callejón que
daba a la calle principal. Un tipo alto y barrigón, con piercings por toda la cara y los cincuenta años en el bolsillo cobraba las entradas tranquilamente, mientras
se acariciaba la perilla grisácea, que le llegaba hasta el pecho en una trenza.
Entramos en un decadente hall,
decorado con columnas y capiteles, escaleras de mármol y moqueta roja. Sentadas
en los escalones, chicas rubias de vuelta de todo daban sorbos a sus latas de
cerveza. Dos punkies de aspecto castigado nos miraban con una
sonrisa irónica colgada de sus dientes ennegrecidos. En el salón central, una
enorme pantalla disparaba imágenes al ritmo binario de la música electrónica.
Imágenes de la ciudad post-industrial, metro, aglomeraciones, edificios de
cristal, y fractales. La luz intermitente bañaba la zona de butacas. Grupos
dispersos miraban despreocupadamente, cansados de todo, hartos de vivir en el
ojo del huracán. Donde todo ocurría, por donde todo pasaba.
El pincha ocupaba
su púlpito bajo la pantalla, rodeado de aparatos generadores de beats. Desde las bases a las líneas de
bajo, esa música era una arquitectura sonora, un conjunto de estructura
matemática, épica y líquida. Trance, le
llamaban. Era el sonido del Apocalipsis.
Nos hicimos con unas latas de cerveza y dimos una vuelta por
las salas y pasillos. Por todos lados había gente sentada en el suelo, fumando
marihuana, charlando, mirando con los ojos brillantes y dulces como los de un
carnero degollado. Muchos se quitaban la camiseta y enseñaban su torso tatuado,
o su sujetador negro en el caso de ellas. Años noventa, noches de éxtasis.
Me descolgué del grupo de Jorge y Marta, que se habían
sentado en la butacas, y me dirigí a lo que se suponía que era la pista de
baile. Tres o cuatro personas bailaban separadas unas de otras, dando pequeños
saltos, y moviendo rítmicamente los brazos, con unas sonrisas cálidas en sus
caras. Comencé a moverme despacio, calentando mis piernas, dejando entrar el
ritmo en mis músculos y sintiendo los
golpes acompasados en la boca del estómago. Bum, bum ,bum. Bailaba como en una
marcha militar, primero un brazo, luego el otro, escuetamente. Bum, bum, bum.
Pronto sentí el calor en mi cuerpo. Me ardían las manos, sudaba, y miraba alrededor con los ojos medio cerrados,
aislado del mundo, en un vínculo con la música poderoso y trascendente. Era la
conexión del cuerpo con el ritmo, que despertaba en mí a la tribu universal. Ya
no existía la Razón, no había más Europa. No intelecto, sólo estómago. Bum,
bum, bum, y puse mi mano sobre el amplificador, en un cordón umbilical que me
sumergía en el útero cálido e inmensamente
pacífico e inmensamente salvaje. El fin de Europa, el Apocalipsis estaba
aquí.
Seguí así horas, bebiendo líquido, sudando, sintiendo mis
manos calientes. A mi alrededor, una chica pequeña de pelo rizado y rubio me
sonreía. “¿Qué tal?” le dije. “De miedo”, y se fue dando saltitos. Un tipo con
una bandeja llena de gajos de naranja pasó a mi lado. Saboreé el jugo fresco y
dulce de uno. Marta bailaba a mi izquierda, con su pelo castaño brillando y
moviéndose al ritmo de la música con el pulgar en la boca, como si fuera un
bebé. Pensé en descansar un poco, y me acerque a la zona de butacas. Jorge
estaba sentado allí, iluminado por la pantalla, con la cara entre luces
blancas. Me acerqué a él. Estaba mirando a lo lejos, y una lágrima redonda
resbalaba por su cara. Éramos todos muy jóvenes.
Dieron las diez de la mañana. El sol se abría paso desde
hacía horas entre las aberturas de las pesadas cortinas que cubrían las
ventanas. Descansábamos de la larga noche sentados en la moqueta, fumando
cigarrillos sin parar y hablando de nuestra amistad. En un momento dado, la
música paró. Poco a poco empezamos a aplaudir y a silbar. Un gesto de agradecimiento
al planeta que nos regalaba un día nuevo.
Nos pusimos en pie perezosamente. Jorge se plantó sus gafas negras y
Marta se abrazó a mí. Como lobos felices que habían satisfecho sus instintos y
se retiraban en paz, nos agarramos de los brazos, salimos a la calle, y
corrimos hacia el autobús. Miré hacia atrás un segundo, justo lo necesario para
ver a una hermosa italiana de piel
aceituna con el rímel corrido
alrededor de sus bonitos ojos
castaños.
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