Mi campo de
juegos era un solar abandonado en la parte trasera de mi casa, en el barrio de
Hortaleza. Vivía en una zona de grandes edificios de pequeños apartamentos,
acumulados unos encima de otros como en un panal de abejas. Estaba en el límite
de la ciudad, de modo que si mirabas al frente veías una extensión de terreno
sin edificar, con algunos matojos de hierbas y al fondo, el barrio de Villa
Rosa. Pasé mi infancia despertándome los sábados de primavera con los balidos
de los últimos rebaños de ovejas que pasaban por la ciudad. Oía sus cencerros
desde la cama y corría a la terraza para verlas pasar, lentas, parduzcas y
perladas. A media mañana bajaba al solar y me situaba en el centro. Ante mí,
las terrazas de los dos edificios en forma de “ele”, llenas de gente que nunca
había visto, que no conocía. Excepto dos terrazas en particular. En ellas
vivían mis compañeros de fútbol, de peleas, de carreras en bicicleta. David y
Álvaro eran hermanos, y su madre se llamaba Aída. Siempre creí que era cantante
de ópera, sería por sus grandes pechos y sus blusas estampadas. También estaban
Javi, Carlos, y su hermana Susana, que vestía un jersey azul celeste y tenía el
pelo largo, lacio y rubio. Fui al cumpleaños de Susana un año, y mojé las
patatas fritas en coca-cola y comí tarta de chocolate. Susana, quién serás
ahora…
En la parte
de delante de mi casa había otro
descampado. Tenía forma de meseta, elevada unos diez metros. Allí vivían dos
familias en unas casas bajas, creo que eran chatarreros. En la pequeña meseta
había una morera. Yo tenía gusanos de seda y había que alimentarlos con hojas
de la morera. Así que me subía al árbol,
a veces sólo, otras acompañado de David y recolectábamos el alimento
para nuestros gusanos. No recuerdo nunca que éstos llegaran a la fase de
crisálida, se morían en la caja de zapatos ante mi incredulidad. Pero lo
olvidaba pronto.
Madrid
estaba en crecimiento, y en mi barrio había muchas construcciones. A veces
íbamos todos juntos a explorar edificios
en obras, entre palés de ladrillos, vigas, y ferralla oxidada. Enredábamos por
los cimientos y las paredes a medio
levantar. Nos asomábamos a los huecos de las ventanas. Cada vez que siento la
humedad de las paredes de una obra, el lugar de trabajo de un albañil, el olor
del yeso, vuelvo a esos años de aventura y sorpresas constantes. A ese reino de
Sol y viento, de césped recién cortado, donde corría, me caía y lloraba. Y
luego volvía a correr con la rodilla ensangrentada. Eran los días de colegio,
cuando mi padre nos despertaba a mi hermana y a mí a las ocho de la mañana, y
yo le miraba soñoliento afeitarse ante al espejo de baño. La luz bañaba las
habitaciones y en la radio sonaba la música de Tequila.
Nacieron mis
hermanos, y la casa se quedó pequeña. Mi nuevo barrio, en el centro, estaba
lleno de calles angostas, sombrías, y el olor de la contaminación me secaba la
nariz. Nunca cerré del todo el capítulo de mi vida en aquel luminoso barrio en
las afueras, que ya sólo vive en mi mente. Hoy todos esos descampados son edificios de
viviendas, de oficinas, aparcamientos, y ya llega el metro. Cuando paso por
allí tengo sensación de que el aire ya no corre libremente, de que el cemento y
el cristal han ganado a la imaginación y a la fantasía, y las caras me resultan
indiferentes. Pero todavía, algunas mañanas de domingo me despierto en un día soleado, y creo que vuelvo a estar allí,
cerca de mi campo de juegos, al aire libre, bailando un rock and roll en la
plaza del pueblo.
Muy entrañable...
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