-¡Vamos, tío, ahora que no se ve a nadie!
Saltamos la valla del jardín trasero. No nos costó mucho,
éramos jóvenes y nos manteníamos en forma. Era una vieja casa vacía del Este de
Londres, cerca de Angel Street. Una zona tranquila en un barrio con fama de
peligroso. Por suerte, no nos vio nadie saltar, y atravesamos el jardín como
dos gatos. Subimos la escalera que daba al primer piso y nos paramos ante la
puerta trasera. La sangre en mi aorta
bombeaba con fuerza, y casi me impedía hablar. Una mezcla de emoción y
miedo, de ganas de seguir adelante y de esconderme asustado hacía que mi cabeza
diese vueltas. La puerta estaba cerrada, claro. Escudriñamos en la oscuridad la
cerradura y las bisagras. Tenía una trampilla para los gatos. Jorge sonrió,
estábamos de suerte. No se oía ningún ruido en los alrededores, así que sacamos
los destornilladores. Trabajamos en silencio, y no encontramos ninguna
dificultad. Extrajimos la plancha de chapa con cuidado, el corazón me golpeaba
en el pecho. No sabíamos qué íbamos a encontrar dentro. El barrio en silencio,
y el cielo lleno de nubes que cruzaban despacio, como observándonos. Asomé la
cabeza por el hueco. La luz era poca, pero suficiente como para vislumbrar el
interior. Un pasillo largo que venía de frente y que daba a la puerta delantera
de la casa, por donde entra la gente normal. Hacia el lado derecho, el corredor
daba la vuelta. Había una puerta abierta como a tres metros. Mi visión no
llegaba bien hasta el fondo. Se veía una habitación. Todo estaba teñido de un
gris plomizo. En el suelo estaban
tiradas todo tipo de cosas. Parecía basura; latas de comida, restos de fruta,
papeles arrugados. El típico ventanal victoriano al fondo. Giré la cabeza para
decirle a Jorge lo que se veía. << ¡Qué guay tío, venga, vamos!>>.
Volví a mirar hacia dentro de la casa, cuando vi al hombre. Mi rostro se
tensó.Traté de mirar a través la escasa luz. Al fondo, en la habitación había
un hombre, o eso parecía. Me miraba en silencio, los ojos puestos en mí, no
decía ni una palabra. Parecía que llevaba el pelo largo y descuidado, y una
barba parda. Pestañeé varia veces, mientras una corriente eléctrica subió por
mi columna y me erizó todo el pelo de la cabeza. La sombra estaba allí, no
hacía nada, solo miraba en silencio.
-Jorge tío, que ahí hay alguien, o estoy alucinando.
-¡No me jodas, tío!
-Te lo juro, mira tú.
Jorge me miró un instante, parecía pensárselo. Metió la
cabeza despacio. Todo estaba gris. El pasillo, el suelo de madera, la
habitación al fondo, la basura…Nadie, allí no había nadie.
-¡Anda tío, que estás flipando! ¡Venga, vamos a entrar!
Nos escurrimos por el hueco de la trampilla. Dentro todo
estaba en silencio. No se escuchaba ningún ruido, no olía a nada, la casa estaba vacía. No había
muebles, sólo los restos de basura en la habitación del fondo, que mirábamos sin
entender muy bien. Subimos por la escalera despacio, y llegamos hasta el piso
de arriba. Las habitaciones eran amplias, y estaban vacías, las puerta blancas,
el suelo brillante, las ventanas sin cortinas, por donde se veía la calle
solitaria. Nadie vivía allí. Jorge y yo nos miramos, ¡estábamos dentro! Lucía
iba a ponerse tan contenta cuando viera la casa… Pondríamos nuestros colchones
y con unas estufas eléctricas pasaríamos
el invierno. Estábamos llenos planes, de ilusión, nada podía salir mal, teníamos
veinte años.
Mientras reíamos, sacamos nuestros sacos de dormir. Buenos
sacos de montaña para las gélidas noches de Londres. Nos tumbamos en el suelo
de madera, y nos dormimos felices, no sin antes haber soñado despiertos mirando
al techo, imaginando el futuro.
Dos días después era domingo. Pasamos el fin de semana
esperando acontecimientos. Son los momentos más delicados. Lucía ya estaba con
nosotros, y pasábamos el tiempo canturreando, yendo a comprar leche y zumo de
naranja. Era un barrio agradable, y yo
había olvidado al hombre de la barba en la habitación de la basura.
Cuando volví el lunes de trabajar en el restaurante de
Picadilly Circus, Lucía me contó lo que había pasado por la mañana:
-Vinieron en una furgoneta, Carlos. Eran obreros. El jefe se
puso hecho un basilisco. Dijo que nos fuéramos, que estaban reformando la casa,
que les retrasaríamos. Ahora entiendo porqué las puertas estaban pintadas y el
suelo pulido… Tenemos que irnos, Carlos, o nos meteremos en un lío.
Jorge asentía preocupado. Estábamos los tres sentados en el
suelo, apoyados bajo una ventana. Nos pasamos el canuto de maría. Estuvimos en
silencio un buen rato. Después, Lucía se levantó, y empezó a recoger su
mochila. Dobló sus pantalones, las camisetas, y recogió un par de libros en
inglés. Silbaba una canción de Patti Smith. Cuando empezó a bajar las
escaleras, Jorge la siguió. Yo fui detrás de ellos. Cruzamos la puerta, el día
típico de Londres. Miré al jardín de la casa de al lado. Un hombre de pelo
largo y barba descuidada nos miraba fijamente, en silencio. <<Era un
loco>>, pensé, y sonreí. Salimos a la calle, torcimos a la derecha.
Nuestras pequeñas mochilas, la vieja guitarra, los libros en inglés.
Me trae mucho recuerdos... Parece que vivimos muchas cosas parecidas tiempo ha!!!
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