El músico de jazz entra en un mundo diferente cada vez que
toca su piano. Sus manos negras se calientan, se hinchan. Las yemas de los
dedos pulsan su corazón y su cerebro, todo ese torrente de emociones y lógica que
le hace entrecerrar los ojos y mirar cegado a sus compañeros de la banda. Cada
noche, cuando está tocando, no hay nada más que notas inundando el bar,
acariciando sus oídos, provocando ese placer táctil, casi sexual. Y ese murmullo
que acompaña a cada solo, el gemido que se le escapa de la garganta, que corre
detrás de cada cambio de ritmo, de cada acorde, de cada punto culminante. Y esa línea que
vislumbra en la selva de su cerebro, como el gráfico de un cardiograma, que va
marcando las líneas quebradizas, las figuras, las subidas y bajadas de
tonalidad, las ondulaciones de la melodía. Notas de jazz febriles, lascivas y
sucias, como su camisa comprada en rebajas, y como la cama deshecha de su
cuartucho de hotel en el centro de la ciudad.
Para el músico de jazz, todo en la vida es música, todo
tiene un compás. El sonido de la cucharilla cuando remueve el azúcar en la taza
de café, los coches que pasan bajo su ventana despertándole cada mañana, el
ritmo de la calle en esta ciudad que le duele tanto. Porque el músico de jazz
no tiene nada en esta ciudad. Nada más que sus notas, y sus ganas desesperadas
de ser escuchado. Sus ganas de mostrar el fuego que le abrasa, y que le hace
balancearse ante el piano como en un rito físico entre animales de la jungla. Y
cada noche, no quiere que la música se termine. Porque cuando se termina, y el
camarero barre las colillas y los escupitajos… cuando se ha refrescado y
limpiado el sudor y vuelve a reconocer las caras alrededor suyo, el músico de
jazz no es sino otra víctima más de esta
maloliente ciudad. Y se siente como salir al frío y al viento de la calle. No
es nadie, y no tiene a nadie. Nadie le espera en el cuarto del hotel, nadie a quien felicitar el año nuevo.
Tan sólo el recuerdo de una chica hace ya tanto tiempo, que ahora estará casada
y no se acordará de su nombre, o tal vez sí, pero pasaron tantos años. Y el
músico de jazz da las buenas noches en el bar, y nadie le responde. Y sólo
queda volver al hotel y meterse entre las sucias mantas de la cama con los
dientes castañeteando. Y dormir cinco horas, levantarse, desayunar café en
polvo y mirar el día oscuro por la ventana. Poner la radio y sintonizar una de
las viejas canciones de cuando era niño. Y acordarse de su madre y
estremecerse. Y leer viejas revistas, hasta que le entra hambre, y comer el
pollo frío e insípido de hace días. Y vestirse despacio, como lo hacen las
personas de cierta edad, y tararear una balada triste de trompeta. Y cuando ya
es de noche, levantarse de la esquina de la cama donde estaba sentado, y volver
al bar andando. Y dar las buenas noches sin que nadie le responda. Y pedir una
copa para entrar en calor. Y sentarse ante el piano y acariciar las teclas,
como a aquella chica que no recuerda su nombre, o tal vez sí. Y, por fin,
sonreír un poco, y ser un poco feliz. Porque la vida le da la posibilidad de
nublar su mirada cada noche. De que se le escape un gemido en cada solo, de que
su mente surque el aire y sobrevuele la selva, el desierto, el polo…
Un auténtico perro romántico.
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