martes, 15 de enero de 2013

Sonríe, músico de jazz



El músico de jazz entra en un mundo diferente cada vez que toca su piano. Sus manos negras se calientan, se hinchan. Las yemas de los dedos pulsan su corazón y su cerebro, todo ese torrente de emociones y lógica que le hace entrecerrar los ojos y mirar cegado a sus compañeros de la banda. Cada noche, cuando está tocando, no hay nada más que notas inundando el bar, acariciando sus oídos, provocando ese placer táctil, casi sexual. Y ese murmullo que acompaña a cada solo, el gemido que se le escapa de la garganta, que corre detrás de cada cambio de ritmo, de cada acorde,  de cada punto culminante. Y esa línea que vislumbra en la selva de su cerebro, como el gráfico de un cardiograma, que va marcando las líneas quebradizas, las figuras, las subidas y bajadas de tonalidad, las ondulaciones de la melodía. Notas de jazz febriles, lascivas y sucias, como su camisa comprada en rebajas, y como la cama deshecha de su cuartucho de hotel en el centro de la ciudad.
Para el músico de jazz, todo en la vida es música, todo tiene un compás. El sonido de la cucharilla cuando remueve el azúcar en la taza de café, los coches que pasan bajo su ventana despertándole cada mañana, el ritmo de la calle en esta ciudad que le duele tanto. Porque el músico de jazz no tiene nada en esta ciudad. Nada más que sus notas, y sus ganas desesperadas de ser escuchado. Sus ganas de mostrar el fuego que le abrasa, y que le hace balancearse ante el piano como en un rito físico entre animales de la jungla. Y cada noche, no quiere que la música se termine. Porque cuando se termina, y el camarero barre las colillas y los escupitajos… cuando se ha refrescado y limpiado el sudor y vuelve a reconocer las caras alrededor suyo, el músico de jazz no es  sino otra víctima más de esta maloliente ciudad. Y se siente como salir al frío y al viento de la calle. No es nadie, y no tiene a nadie. Nadie le espera en el cuarto del  hotel, nadie a quien felicitar el año nuevo. Tan sólo el recuerdo de una chica hace ya tanto tiempo, que ahora estará casada y no se acordará de su nombre, o tal vez sí, pero pasaron tantos años. Y el músico de jazz da las buenas noches en el bar, y nadie le responde. Y sólo queda volver al hotel y meterse entre las sucias mantas de la cama con los dientes castañeteando. Y dormir cinco horas, levantarse, desayunar café en polvo y mirar el día oscuro por la ventana. Poner la radio y sintonizar una de las viejas canciones de cuando era niño. Y acordarse de su madre y estremecerse. Y leer viejas revistas, hasta que le entra hambre, y comer el pollo frío e insípido de hace días. Y vestirse despacio, como lo hacen las personas de cierta edad, y tararear una balada triste de trompeta. Y cuando ya es de noche, levantarse de la esquina de la cama donde estaba sentado, y volver al bar andando. Y dar las buenas noches sin que nadie le responda. Y pedir una copa para entrar en calor. Y sentarse ante el piano y acariciar las teclas, como a aquella chica que no recuerda su nombre, o tal vez sí. Y, por fin, sonreír un poco, y ser un poco feliz. Porque la vida le da la posibilidad de nublar su mirada cada noche. De que se le escape un gemido en cada solo, de que su mente surque el aire y sobrevuele la selva, el desierto, el polo…

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