La voz del cantante en la radio del coche le trasladó inmediatamente a aquel verano. Las notas de esa melodía alegre y melancólica provocaron que su pensamiento abandonara inmediatamente el coche en el que estaba metido aquella mañana gris de noviembre. Su cuerpo se ataba a la tierra, sentado frente a un semáforo en rojo, las gotas de lluvia golpeando el parabrisas, su hija de tres años aún dormida antes de entrar en la guardería. Sin embargo su mente se elevó por encima del capó del coche, de las nubes tormentosas que herían la mañana, y le trasladaron en un viaje hecho de recuerdos al último verano que pasó en la playa de San Felipe. Fue, si la memoria no le fallaba, a los diecisiete años, edad en la que pensaba que nada malo podía sucederle. Sus padres eran razonablemente jóvenes, tenía amigos que mentirían a sus madres por él, y estaba ella. Tenerlo todo era tan fácil que ni siquiera sentía la arrogancia del que se siente especial. Sencillamente era un momento de optimismo, de alegría, el momento en que nunca se da el paso equivocado, porque toda la tierra se despliega ante uno abierta de piernas.
Era bonito verla sonreír, salir del agua jugando con sus amigas, secarse el pelo con la toalla y enfurruñarse porque le tiraba un puñadito de arena en la espalda cuando se tumbaba al sol, a fumarse el cigarrillo que a escondidas había robado a su madre. Entonces la daba un beso y se reía, y tosía porque se había atragantado con el humo. Pasábamos el día al sol, soñando que nos hacíamos mayores. Y por las noches quedábamos después de cenar en la plaza vieja para ir a la discoteca. Me ponía la camisa comprada en unos grandes almacenes del centro y los zapatos de las bodas y la esperaba hasta que llegaba vestida con unos vaqueros estrechos y una camiseta de tirantes, bajando la cuesta del árbol frutal, ligera, alegre y feliz. Bailábamos en pandilla, todos los chicos del pueblo y los que solo veníamos en verano. Eran las viejas canciones de los años ochenta, que se hicieron grandes mientras nosotros crecíamos con ellas. Yo bailaba y bebía cerveza caliente, ella bailaba, bailaba y fumaba cigarrillos a escondidas de su hermano mayor, que nunca se daba cuenta. Luego nos besábamos en una mesa apartada, recostados sobre unos sillones de escay. Su pecho se apretaba contra el mío, y yo la abrazaba más fuerte. No quería apartarla de mí. El día que hicimos el amor por primera vez no le dolió casi nada, pero yo estaba tan borracho que ni me di cuenta. Ella se enfadó y no me dirigió la palabra en una semana, pero luego me perdonó, y lo hicimos otra vez, y otra. La luna de esas noches reinaba en el cielo negro como una estrella de cine, brillante, luminosa, tierna y llena de locuras.
Ahora la recuerdo vivamente, con un recuerdo doloroso. No supe de ella en tantos años que casi era como una cinta de casete de un grupo olvidado y pasado de moda. Pero su sonrisa estaba enterrada y anoche, cuando llamaron, inundó mi cuerpo incrédulo como las olas inmensas que hacían que nos revolcáramos en la arena. No supe hasta ese momento que aquel año fue el último verano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario