Amadeo es un hombre de campo, campechano y entrado en años.
Nunca ha salido de su pueblo, en el Norte de la meseta. Es un pueblo camino del
abandono. En él ya solo viven doce viejos. Una furgoneta viene los jueves a
traer pan, leche y carne. En su pueblo hay hielo en invierno y fuego en verano.
En Noviembre, las calles se llenan de barro, y Amadeo siempre lleva puestas las
botas de agua. Las casas abandonadas tienen los tejados hundidos y llenos de
agujeros, por los cuales entran los pájaros a anidar en los desvanes vacíos.
Los cristales de las ventanas están rotos y llenos de polvo. Desde el exterior,
Amadeo recuerda a las familias que vivieron allí, hace años. Se fueron a la
ciudad a seguir siendo pobres, pero entre más gente. Hay dos perros en el
pueblo, flacos, que caminan olisqueando el suelo y metiendo la cabeza entre los
restos de basura de los vecinos que quedan.
La casa de Amadeo está un poco apartada del pueblo. Por su
ligero abandono, desde fuera ya se
presiente la soledad de las habitaciones, el frío y la humedad. Los hijos de
Amadeo se establecieron lejos, y pocas visitas hacen a su padre. Su mujer murió
hace dos años y dejó la casa vacía. Amadeo mira la tele en el salón, entre la
oscuridad. La tele está tocada con un tapete que tejió su hija y sobre él, un
jarroncito de cristal labrado. El sillón en el que se sienta Amadeo todas las
noches es de escay marrón, con los reposabrazos gastados, por donde sale el
relleno cada vez que Amadeo hurga con la punta de los dedos.
Cuando dan las nueve y media, Amadeo se levanta y va a la
cocina. En la mesa, hay migas de pan y una botella de vino medio llena. Entra
la corriente por la ventana, y Amadeo siente un escalofrío. Sobre la repisa, un
tiesto de plástico vacío junto a la botella de jabón líquido, que tiene la boca
llena de restos resecos. Hay una pila de platos sucios en la fregadera. Amadeo
la observa y suspira. Se calienta un tazón de leche. Se echa Cola-cao y unos
pedazos de pan duro. Cuando ha terminado, pone sus manos sobre el tazón
humeante y siente como el calorcito reconforta sus riñones. Mira por la ventana los árboles
desnudos, llenos de ramas, y la tierra embarrada. Las nubes amenazan descarga,
una pequeña liebre marrón cruza atemorizada.
Dan la diez, y Amadeo
se acerca al cajón de la mesa de la cocina. Saca un cuaderno de espiral y un
bolígrafo. Comienza a escribir, muy despacio y con cuidado: << Estimada
Carmencita: Me alegró mucho recibir su carta hace tres días…>>. Amadeo
mira por la ventana.
Pasados tres meses ya es Abril. Amadeo se levanta las siete y media y sale a
la puerta de su casa. El aire es fresco y huele ligeramente a estiércol. Amadeo
respira profundamente. Ha descansado largamente, como un quinceañero, y mira
hacia la llanura, que empieza a verdear. Un cielo de nubes blancas y luz, una
luz llena de vida que se refleja en sus ojos, que brillan. Después de tomar su Cola-cao, se sienta en el poyete de la puerta. Silba una coplilla y se lía un
cigarrillo. Todo es ligero y luminoso. Amadeo hace circulitos con el humo del
cigarrillo. A las ocho arranca su ciclomotor. Es un viejo cacharro con
protectores para el viento. Se sienta y pone los pies sobre los pedales a la
vez que acelera. Recorre el camino que le lleva al pueblo tranquilamente,
haciendo un ruido tenso con el motor. Cuando llega a la plaza y se baja del
ciclomotor, se cruza con Julia, con quien comenta el precioso día que hace, y
pregunta por esos problemas de salud. Un perro ladra cerca de ellos y parece
que quiere entrar en la conversación. El aire corre agradable entre las casas
del pueblo, y el barro empieza a secarse. El Sol se refleja en los cristales
rotos de las ventanas, y deslumbra a Amadeo, que se pone las manos sobre los
ojos para ver llegar al coche de línea. Éste se para en la plaza de la iglesia,
entre las casas llenas de desconchones. Amadeo está en el centro de la plaza,
observando la puerta del autobús, que se abre lentamente con un sonido silbante.
El sol da en el techo del vehículo. Poco a poco, se ven unos zapatos de medio
tacón bajar la escalera. Zapatos negros, sencillos, recién comprados. Unas
piernas regordetas, con una falda verde por las rodillas. Un bolso gris de
imitación colgado del antebrazo de la mujer de pelo negro y ondulado. Su cara
es redonda, y sus ojos de latina, ya maduros, le miran sonrientes. Amadeo se
acerca a la pequeña mujer. Ella le tiende la mano: << Ya ve, aquí estoy,
por fin>>. Amadeo la coge ambas manos, inclina un poco la cabeza mientras la mira. Sonríe.
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