Se dibuja una sonrisa mellada en su rostro, mientras pasa una mano delicada por su pelo, escaso y amarillento. Sus ojos se llenan de la luz del recuerdo cuando vuelve a ver a su madre sonriendo tras su cabecita rizada, y su dedo señala el orinal en el que acaba de sentarse por primera vez. Recorre una vez más el descampado que se encuentra frente a su casa, donde se empeña en buscar lagartijas, cuyas colas inquietas desgaja de su cuerpo con placer de cirujano, y regala a esa pequeña niña de pelo moreno. Niña que siempre quiso y cuyo nombre ya no recuerda.
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