Me llamo Julio Castejón, y soy un hombre de la montaña. Mi
vieja casa se encuentra en un desfiladero angosto, por cuyo fondo corre el río Elba,
cargado de truchas color plata. Vivo con mi hermana Mariana, ninguno de los dos
nos hemos casado nunca. Todos los días, al amanecer, salgo a la puerta de mi
casa y miro hacia el cielo. Entonces veo el recortado perfil de piedra desnuda
del corazón de los Picos de Europa.
Las peñas de la montaña son traicioneras. Se desprenden en
las noches silenciosas, con un ruido estremecedor. Cada cierto tiempo una
muchacha, un hombre, un animal, cae peñas abajo y deja su alma en esta tierra
dura. Yo soy un montañero hábil y fuerte. Mis piernas son largas y fibrosas, y
mi cuerpo delgado me permite andar por los escarpados caminos con agilidad, a
pesar de mis cincuenta y tantos años.
Cada año, al comienzo del invierno, justo cuando el Sol deja
de asomarse al desfiladero y dejamos de ver su disco amarillo hasta la
primavera. Cada año, digo, subo las dos vacas de mi propiedad al puerto de
Osina. Allí tengo mi prado, del que recojo la fresca y jugosa hierba y la
almaceno en una cabaña. Es más sencillo subir a las dos vacas hasta el puerto
para que coman el pasto que bajarlo en atados hasta el pueblo. Paso en la
cabaña unas dos semanas, en la única compañía de las dos vacas, oyendo el
viento entre las peñas y el caer de las hojas muertas en los prados.
Los trabajos de la montaña son duros, y esto se refleja en
mis manos, fuertes y callosas, y en mi mirada de hombre antiguo. La soledad que
paso en el puerto me permite darle vueltas a las cosas. Me gusta observar cómo
todo cambia a la vez que todo sigue igual, eternamente, en la Naturaleza. La
gran espiral que es la vida, desde que empiezas como un niño sonrosado, hasta
que terminas como un viejo encorvado, es un continuo pasar de la primavera al
invierno, cada año. Ver caer la nieve, silenciosa, pesada,
y después aparecer de nuevo el disco amarillo del Sol por entre las peñas del
desfiladero, al principio sólo quince minutos, en los primeros días de la
primavera.
Me gusta sentarme en un tronco caído, y dejar pasar el
tiempo, despacio, cuando estoy aquí arriba, mientras en el pueblo, mi hermana Mariana
cuida del pequeño huerto y el resto de
los animales. Hoy lloverá, siento la humedad en mis tobillos. He de entrar en
la cabaña a preparar la comida. Allí hago un fuego y cocino una olla con
patatas y chorizo. Comida caliente para el frío clima del Norte. Mientras cuece
el puchero, miro por la ventana y veo que ha empezado a llover y a mojar el
prado verde. Pronto las peñas brillarán como espejos, y la luz se hará densa,
apagada, y la neblina se enredará entre las ramas de las encinas y los olmos. La lluvia es triste, pienso, mientras la olla borbotea, pero le da a la montaña un brillo diferente. Por eso
esta es mi casa, digo en un susurro, apoyado en mi callao, al calor de la
cabaña del puerto, removiendo la olla burbujeante con mi cucharón de pastor.
Bonito relato <3
ResponderEliminarAhi quisieramos estar todos... Muy guapo!
ResponderEliminarJulio Castejón , su hermana Mariana y sus dos vacas. Una huerta y algunos otros animales. Estamos esperándote.
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